¿Cuándo divertirse se volvió tan complicado?

Hace tiempo leí un artículo que hablaba sobre la diversión de los padres. Explicaba, con grandes dosis de ternura, cómo en el momento en que te conviertes en padre, dejan de parecerte divertidas las cosas que hacías antes, como salir hasta tarde, juntarte con los amigos de cervezas.., porque ahora te diviertes de otra manera, a saber, yendo al parque con tu hijo, llevándolo a cumpleaños infantiles, parques de bolas, sesión de cine infantil en casa…, y compartir todos estos momentos con tus hijos es lo que más te divierte ahora en el mundo. Yo me declaro fan de estos padres, de verdad, tan fan como de los padres que les apena empiece el curso escolar porque adoran pasar tiempo con sus hijos, super fan.

No es que no me guste pasar tiempo con mis hijos, por supuesto que sí, y cuando lo llevo a parques o fiestas infantiles disfruto viendo como se ríen y juegan, obviamente, pero de ahí a decir que cuando pienso en divertirme pienso en parques y fiestas con globos, niños gritando a mi alrededor y “Cantajuegos” a todo volumen, pues la verdad es que es pasarse. Cuando nace tu hijo no te inyectan un microchip que borra tu antiguo ser y te transforma de repente en abnegada niñera que adora pasar todo su tiempo libre rodeada de niños, dedicándoles juegos y canciones, y manteniendo conversaciones con otros padres que solo versan sobre crianza.

Cuando pienso en diversión, cuando me apetece divertirme de verdad, pienso exactamente en las mismas cosas que antes de ser madre, pienso en juntarme con amigos, en tomar unas cervezas, quedar para el aperitivo o salir a cenar y bailar hasta tarde, o ir a un concierto, idénticas cosas que antes de ser madre. Nunca he dicho “me apetece divertirme, podríamos ir con los niños a un parque de bolas”, y tu amiga, que también es madre claro: “¡sí! eso sí es divertido”.

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Y si quiero divertirme de verdad, seamos francos, cuando me vuelvo a divertir de verdad, es sin niños. Esos días en que los astros se alinean y consigues dejarlos unas horas, o si eres afortunado, un día, o por la noche, entonces vuelves a disfrutar de verdad, con poca cosa, no importa lo que hagas, ¡eres libre por fin!, no tienes que estar siempre alerta, vigilando que no se pierdan o les pase algo, no tienes que irte a casa cuando ya has escuchado el “me aburro” número mil, no tienes que controlar lo que hablas o haces, eres libre, libre al fin por unas horas.

Y mientras estás ahí disfrutando, riendo, bebiendo, de pronto te asaltan flashes que te recuerdan que eres madre, del tipo: “¿habrán comido bien?, ¿dormirán siesta?, ¿se aburrirán?” porque los padres, y sobre todo las madres, siempre arrastramos una dosis de cargo de conciencia por haberlos dejado para “irnos de parranda”, y en esos momentos te das cuenta de que ya nunca desconectaras al 100%, y te gritas a ti misma: “¡por Dios disfruta!”, y te das cuenta también de cuánto ha costado conseguir esas horas de libertad, y cuánto tiempo hacía que no las tenías, y cuánto tiempo pasará hasta que vuelvas a tenerlas, y piensas: “a ver, ¿en qué momento divertirse se volvió tan complicado?”

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