Largas noches de vigilia y amor infinito.

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    Son las 3 de la mañana, un sonido familiar te saca de pronto de un sueño ligero. “No por favor” te dices a ti misma, “otra vez no”, y otra vez lo oyes. Al principio son unos pequeños gemidos, apenas audibles para una persona normal, pero tú ya no eres una persona normal, eres una mamá, y tu oído se ha agudizado hasta límites que desconocías. Y no quieres oírlo, otra vez no, te quedas inmóvil, con los párpados bien apretados, pensando: “tal vez si me quedo muy quieta, no se despierte” y sigues ahí, petrificada, y por un segundo piensas: “¡eh! si está funcionando” pero qué va, de nuevo vuelve el gemido, esta vez un poco más fuerte, y enseguida viene el siguiente y en unos minutos el gemido pasa a ser llanto y ya no puedes seguir haciéndote la sorda, hay que aceptar lo evidente. Mientras te sacas la teta, de manera automática coges el móvil y lo enciendes para mirar la hora, no sabes por qué lo haces, por qué no puedes dejar de mirar la hora cada vez que se despierta, es puro masoquismo, es como regodearte en tu particular penitencia. Son las 3 de la mañana,  sólo hace una hora de la última vez que conseguiste dormir a tu bebé, una hora, y una hora desde la anterior y la anterior y la anterior, no más de una hora seguida de sueño, parece la norma, y así una noche y otra y otra desde que nació hace 4 meses, “ya no puedo más” te dices a ti misma por enésima vez, “no puedo más” murmuras, como si al decirlo en voz alta cobrara más realidad y tal vez así tu bebé se apiadara de tí y te dejara descansar al fin. Y se te escapa el llanto, sale a raudales, estás agotada, exhausta, más que en toda tu vida, y te sientes tan, tan sóla, ahí en tu cama, en mitad de la noche, en una especie de tortura autoimpuesta. Y en tu inmensa soledad te da por pensar en la gente que te rodea, que a esas horas está durmiendo a pierna suelta, y visualizas sus vidas: los ves profundamente dormidos, soñando, descansando, y ves como tras un sueño reparador de 7 u 8 horas escuchan su despertador, lo apagan en un bostezo, se levantan tranquilamente, desayunan, se visten, y salen de casa camino del trabajo, donde echan sus 8 horas, y después, con la satisfacción del deber cumplido, de haber ganado el sueldo que les permite la independencia económica , vuelven  a casa, se duchan y tal vez se arreglen para ir a tomar una cervecita con los amigos, o puede que se queden tranquilos en casa viendo su serie preferida, o incluso puede que organicen una cenita romántica con su pareja, puestos a imaginar, y así, después del merecido y necesario tiempo de ocio, llega la hora de acostarse, con la tranquilidad que da tener por delante toda la noche para dormir y descansar. En realidad, estás visualizando tu propia vida, tu vida hace unos meses atrás, esa que parece abandonaste hace mil años, y la añoras, la añoras muchísimo, y vuelves a llorar amargamente por sentirte así, te juzgas a ti misma con la peor de las miradas, con la más crítica, y te sientes muy desgraciada, porque durante años deseaste ser madre, costó tanto lograrlo, tanto pasos dados, tanto recorrido, y ahora que lo tienes no es cómo lo imaginaste, ni remotamente, es muchísimo más duro, infinitamente más duro, y te flagelas mentalmente por no ser agradecida y sentirte la persona más feliz del universo al haber conseguido esta vida tanto tiempo soñada.

   Un calambre en la teta te saca de tus agónicos pensamientos, es la leche queriendo salir, siempre acude al llanto de tu pequeño, con sólo oírlo, a veces con sólo sentirlo cerca, o incluso con sólo pensarlo, tus pechos se llenan y te molestan, llega a doler, necesitas vaciarlos. Al fin te giras y coges a tu pequeño, y lo pones a la teta de manera automática, en un gesto mil veces repetido.

   Y de pronto, en una milésima de segundo, llega la calma. Miras a tu bebé y, te enjugas la última lágrima, tomas aire después del llanto irrefrenable, y sonríes. En tu rostro aparece la más sincera de las sonrisas, mientras sigues mirando a tu precioso bebé, y ya no puedes dejar de mirarlo, no te explicas cómo puede ser tan absolutamente perfecto, esos pequeños ojitos cerrados, esa naricilla diminuta, esas orejitas, esa cabecita.., y mientras sigue mamando, una manita se zafa de entre los pliegues de la mantita y se posa sobre tu teta, y con sus minúsculos deditos la acaricia, tú lo aprietas un poco más contra tu cuerpo, y empiezas a acariciarlo también, notas su olor, ese olor que te empuja a abrazarlo aún más, a sentirlo aún más cerca, y mueres de amor, un amor tan inmenso que te desborda. Jamás experimentaste algo ni remotamente parecido a ese sentimiento, y vuelves a pensar en esa vida que anhelabas y te das cuenta de que sí, que esto es infinitamente más duro que el peor día de trabajo que nunca hayas tenido, que has perdido independencia, tiempo, energía, que no eres ni la sombra de la que fuiste, pero das gracias a la vida por ese momento, porque tan sólo por ese momento volverías a repetir todo una y mil veces, porque ese sentimiento, ese amor tan brutal, tan desgarrador, vale todas las noches sin dormir, porque jamás imaginaste que esto iba a ser tan tremendamente duro, pero tampoco imaginaste, no te acercaste ni de lejos a intuir cómo es este amor que te sacude, te azota como un huracán, te descompone en mil pedazos para recomponerte después en un segundo, nunca imaginaste que recibirías mil veces más de lo que ibas a dar.

    Tu bebé ya se ha dormido, ya puedes acostarlo e intentar dormir un rato, lo necesitas tantísimo, pero lo aprietas un poquito más contra ti, te esperas un poquito más, sintiendo su cuerpecito dormido junto al tuyo, sólo un ratito más…

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