Clases de preparación al puerperio.

No, no me he confundido, no quise decir clases de preparación al parto, quise decir justo eso, clases de preparación al puerperio. Y tampoco vengo a hablar de una nueva modalidad de clases para embarazadas de las que haya tenido conocimiento, ojalá y fuera eso. De lo que vengo a hablar es de la preparación que yo hubiera deseado recibir, de tantas cosas que me hubiera gustado que me contaran y nadie hizo, y de tantas otras que a mi parecer se podían haber ahorrado en las clases de preparación al parto a que asistí durante mi primer embarazo.

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Antes de nada quiero decir que, aunque haya podido parecer lo contrario, tengo un recuerdo muy bonito de mis clases de preparación al parto. Era una de esas cosas con las que soñaba aún antes de estar embarazada, cuando con 20 años imaginaba mi futuro mientras devoraba una comedia romántica tras otra, de esas americanas, típicas de la sobremesa del domingo, donde una parejita, jovencísima y guapísima, acudía amorosa a las clases de preparación al parto.

De hecho, podría decirse que las clases de preparación al parto a las que asistí, fueron un poco una continuación de esa visión romanticona y edulcorada de la maternidad, que transmiten, o transmitían antes, las películas de Hollywood. Todo iba a ser maravilloso y todo iba a ir bien.

La lactancia, por ejemplo, cuan importantísima era, lo mejor para tu bebé, te lo repetían en todas partes y a todas horas, como un mantra a seguir en tu camino a la perfecta madre. Yo era la mayor de las convencidas… y ahora me pregunto, cómo puede ser que nunca nos explicaran que no tiene por qué ser un camino de rosas, que poner a tu bebé a la teta con la mejor de las intenciones no es suficiente, que duele, que las primeras semanas pedirá teta cada hora, y eso si va bien, que puede salir mal, y que si no se puede, o no se desea dar el pecho, no se es peor madre por ello, y que es una opción tan válida como la anterior. Tal vez si se explicaran bien los pros y los contras, sin tapujos, se podría decidir con verdadero conocimiento de causa, si se desea dar o no el pecho, y si luego se ayudara de verdad a quien decida hacerlo, no habría tantas madres dolidas por no haberlo logrado.

Recuerdo que cada cierto tiempo, nos traían a clase a una mamá reciente, con su bebecito de días, era emocionante, nos veíamos como ella en semanas, que ilusión tan grande, y nos contaban que era maravilloso y que todo salía bien al final. Ahora me pregunto qué diría yo si me encontrara ante una clase de futuras mamás, qué diría, sobretodo en esos primeros momentos, en esos duros momentos, y sobretodo con el primer hijo. Para mi matrona, la única preocupación era que tomáramos vitaminas, ya que achacaba la tristeza o depresión de algunas madres tras el parto, únicamente a la falta de vitaminas. Incluso nos ponía ejemplos de pacientes que habían ido a verla muy tristes, les recetaba vitaminas y en una semana solucionado, estaban super felices, ¿qué fácil no? No es que yo esté en contra de tomar vitaminas, ni mucho menos, supongo que serán necesarias para recuperarte después de dar a luz, de hecho en el mismo hospital las recetan, pero creo que la gran responsable de la tristeza y abatimiento de una madre reciente no es la carencia de vitaminas,  sino más bien las falsas expectativas, y la enorme falta de información, de información real, sin edulcorar.

Si yo preparara una clase de preparación al parto, seguramente también terminaría intentando explicar con palabras lo maravilloso que es ser madre, y cómo todo merece la pena. Pero eso ya lo sabrán desde el momento en que le pongan a su hijo encima por primera vez, en un segundo entenderán ese sentimiento tan difícil de explicar con palabras… de todo lo demás, de todo lo que se te viene encima, es de lo que yo eché en falta preparación e información.

Si yo fuera una profesional encargada de asesorar a futuras madres, habría tantas cosas que les explicaría. Les hablaría del cansancio, del cansancio en mayúsculas, de noches sin dormir, y no unas cuantas noches, puede que meses sin dormir más de dos horas seguidas; les hablaría de pezones doloridos, de estar harta de sacarte las tetas por todas partes y a todas horas; les hablaría de no reconocerte en el espejo, de no tener tiempo de ir a la peluquería, ni de peinarte muchas veces, menos maquillarte, a veces ni ducharte; les hablaría de consejos no pedidos, de ser la primeriza asustada que todos tratan con condescendencia, y realmente sentirte así, asustada, perdida; les hablaría de la soledad, de la sensación de que el mundo continua sin tí, mientras tú te perdiste entre pañales, teta y papillas. Y les hablaría de cuánto echarán de menos a su pareja, porque aún viéndose a diario, también los dos se perderán en esa pequeña vida que absorberá todo su tiempo y energía.

“¡Pero todo no puede ser malo!” por supuesto que no, pero los primeros años son durísimos, y una madre debería saber el cambio tan brutal al que se va a enfrentar, sin edulcorar ni idealizar ningún detalle, debería tener armas para afrontar todos esos obstáculos, y saber que no está sola, que todas pasamos, con mayor o menor dificultad por situaciones y sentimientos muy similares. Y así, con la fuerza que da normalizar tantas y tantas cosas, jugando con todas las cartas de la baraja, no solo con las buenas, viviría el puerperio y los meses siguientes de una manera muy diferente. No se sentirá culpable por no conseguir que su bebé duerma más de una hora seguida, o porque durante meses sólo quiera estar con mamá; entenderá que no es un desastre por haber transcurrido todo un largo día y no haber sido capaz de hacer nada “útil” salvo cuidar a su bebé, y no se describirá a si misma como una floja por andar siempre agotada y no tener ganas de nada, y desde luego, para nada se pensará frígida por no querer tener sexo después de 6 meses de dar a luz; tampoco llorará al mirarse al espejo y comparar su cuerpo con el de su vecina que recuperó enseguida la figura, y por supuesto, no se sentirá la peor madre del mundo por no flotar en una nube de felicidad por el sólo hecho de tener, por fin, a su precioso hijo.

Para acabar, concluiría mis particulares clases de preparación al puerperio con un hilo de esperanza, explicándoles, bajo mi humilde experiencia, que merece la pena, y que mejora, que los comienzos son durísimos pero que cada día que pasa es un poquito mejor, que un día ese bebé tan demandante empezará a dormir un poco más, otro día ya podrá estar sin tí, y al final, lentamente, irá volviendo todo: el descanso, el tiempo, la pareja…, y al mirar atrás verás que no eres ni la sombra de la mujer que eras, y que te has transformado en una versión de tí misma mejorada, más sabia, más paciente, menos egoísta, y más llena de amor.

 

 

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