Y la pareja ¿dónde queda?

Hace tiempo te escribí una carta, aunque jamás te la mandé; para ser franca, he de confesarte que jamás la escribí, en realidad sólo la pensé, la escribí en mi corazón, y allí se quedó durante mucho tiempo, como un peso enorme que me oprimía el pecho. Hoy, con la calma que da el paso del tiempo, y la tranquilidad de ver las cosas con cierta distancia, te la remito, porque nunca es tarde para soltar viejos lastres…

“Hoy me apetecía escribirte. Te echo tanto de menos, no te imaginas cuánto, hace meses ya que te vengo echando de menos, aunque nunca te lo había dicho. No, no me he vuelto loca, sé que nos vimos hace tan sólo unas horas, y que nos volveremos a ver en otras tantas horas; no trabajas fuera de tu ciudad, y tienes un horario bastante flexible que te permite muchas horas libres al día, pero aún así yo, hoy, lo confieso: te echo muchísimo de menos.

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Echo de menos hablar contigo, no sé ni cuando hablamos la última vez. “Sí cariño, esta misma mañana” podrías responder. Pero no, eso no es hablar, y también tú lo sabes; hablar es que llegues del trabajo y nos contemos cómo nos ha ido el día, hablar es que hablemos de cómo nos sentimos, de si estamos tristes o preocupados por algo, hablar es reírnos juntos de trivialidades, o resolver los problemas de la humanidad con la claridad que aporta una copita de vino.

Ahora nos pasamos partes médicos de mocos, toses, resfriados y virus, cuadrante de actividades extraescolares, horarios lectivos, reparto de responsabilidades y tareas: quién lleva a los niños al cole, quién los lleva al fútbol, taekwondo o inglés, pues yo los baño cuando lleguen a casa, yo ayer les hice la cena, hoy te toca a tí… ; puesta al día en lo que respecta a deberes y exámenes…y así un día y otro y otro. Y el sábado partido, y el domingo cumpleaños de su amigo Iván…y vuelta a empezar.

Echo de menos tenerte sólo para mí, sin un niño correteando alrededor o un bebé enganchado a la teta, o ambas cosas a la vez. Me paso días esperando la noche a ver si los niños se duermen pronto y puedo estar un rato a solas contigo, sólo un ratito, pero conforme va avanzando el día, mis fuerzas van disminuyendo más y más, da igual el número de cafés que me tome, para cuando llega ese momento mágico en que el último niño cierra los ojos, yo estoy tan, tan agotada, que lo que llega al sofá no es más que un despojo de mí, y eso si llega al sofá, a veces me voy directamente a la cama y me ahorro el esfuerzo inútil de pretender tener un rato para nosotros, así que te doy las buenas noches mientras me digo:  “mañana lo vuelvo a intentar”.

Echo de menos el sexo contigo, el de antes, quiero decir. El que aparecía de repente, improvisado, en cualquier momento del día, sólo había que desearlo. Pero también el planificado, esos planes que ya sabías dónde terminarían, cómo echo de menos esos momentos previos a una cena romántica o una salida nocturna, arreglándote, imaginando…Ahora, en cambio, me sobra planificación, hay que prever con tanta antelación todo para poder “colocar” a los niños…, y ya sabes que ese día tiene que haber sexo porque tienes que aprovechar, porque no sabes cuándo volverás a tener tiempo para vosotros. Y te ves ahí, intentando arreglarte como hacías antes y mentalizándote de que justo ese día hay que darlo todo, porque sientes que tu relación se está enfriando cada vez más…, pero no te sientes como antes, ahora ya no eres la mujer sexy de antes, no te sientes igual de segura y atractiva, es cómo si todo tu erotismo se hubiera perdido entre pañales y obligaciones, y tu energía tampoco es la misma, y la mente que es tan traicionera se convierte en tu peor enemigo, y lo que tendría que ser un encuentro largamente deseado se transforma en una trámite obligatorio en una relación de pareja, y no te sabe igual.

Por último te diré, que también echo de menos nuestras peleas, sí sí, has oído bien, echo de menos nuestras peleas de antes, cuando le dábamos importancia a cosas que ahora nos parecen banales, como celos absurdos, malas respuestas, o intereses distintos. Ahora todas nuestras peleas son relacionados con los hijos, todas, y claro, ya se sabe que lo que más duele a unos padres son sus hijos, así que todo se vuelve muy personal, y cuesta ceder lo más mínimo para llegar a un acuerdo y zanjar la pelea. Tú me consideras demasiado permisiva y sufridora, yo te veo demasiado estricto y severo, tú me dices que los mimo demasiado, yo echo en falta que los mimes más, yo sufro si me separo de ellos, tú dices que también necesitamos nuestro tiempo, etc.

Así que hoy, mientras sigo aquí echándote de menos, me refugio en la idea de que todo mejorará, en la esperanza de que los niños poco a poco se irán volviendo más independientes, e iremos recuperando todo: las fuerzas, el tiempo y las ganas. Y esta esperanza me da el empuje necesario para seguir adelante, apostando por nosotros, enterrando el miedo de que nos podamos quedar por el camino, perdidos entre pañales, extraescolares y cumpleaños infantiles.”

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