¿Dónde está mi cuerpo?

Recuerdo perfectamente la primera vez que tomé conciencia de mi propio cuerpo después de dar a luz a mi primer hijo. La noche de antes había venido al mundo, por fin, nuestro tan esperado retoño y me hallaba aún sumida en la nube de magia que envuelve esas primeras horas, con la excitación de estar viviendo, sin lugar a dudas, la emoción más fuerte que nunca había sentido: esa magia indescriptible de sentir a un hijo por primera vez.

El médico vino a pasarme revisión: todo estaba bien, y dado que ya se me había pasado el efecto de la epidural, me informó de que, poco a poco, podía empezar a incorporarme y asearme si así lo deseaba. “¿Me puedo duchar?” le pregunté; no me había dado cuenta de cuánto lo deseaba hasta que no había escuchado la palabra “asearme”… tan pendiente había estado de mi bebé. Podía hacerlo, con mucho cuidado, y sin movimientos bruscos, ya que podía marearme; también me aconsejó que no echara el pestillo del baño, no fuera a darme un vahído y tuvieran que entrar a ayudarme…y para adornar su explicación, con esa manía tan absolutamente innecesaria que tienen muchos médicos de ponerse en lo peor, me dijo con media sonrisa: “no serías la primera que hay que recoger en el suelo de la ducha porque se ha mareado…” Yo me limité a sonreirle, bueno, más bien fue una mueca, por no decirle: “gracias por meterme el miedo en el cuerpo, ahora ya estoy más asustada.”

Así y con todo, en cuanto el doctor se retiró, y dado que mi bebé dormía plácidamente y estaba su padre en la habitación, aproveché para levantarme de la cama al fin.

Lo primero que recuerdo fue la tirantez de los puntos con sólo moverme, era una  rigidez molesta y dolorosa, que no me permitía moverme con naturalidad. Después tuve esa sensación de mareo de la que el médico me había hablado. No controlaba bien mi cuerpo, aquel nuevo cuerpo recién estrenado. Llevaba meses sintiéndome pesada, hinchada y torpe, y de repente, como una oruga que acaba de salir de su capullo, había mutado en otra, más liviana y ligera, pero para nada ágil. Era como si mi conciencia siguiera estancada en un cuerpo que ya no existía, y creo que era el pago por haber engordado 25 kilos en tan sólo 9 meses: en sólo unas horas me había desinflado como un flotador al que se le acabó el verano y hay que guardar en el trastero, y mi mente aún tenía que asimilarlo.

Mientras cogía de mi bolsa las cosas de aseo y me dirigía  al baño maldije una vez más al macabro inventor de las batas de hospital, debía ser un viejo amargado y sádico que quiso volcar su frustración en la humanidad, con un invento que humillara al mayor número de personas posible, y además hacerlo justo en sus horas más bajas, cuando más vulnerables se sentían, sin distinción de sexo o edad. “¡Así te reencarnes en orinal de hospital y todos nos vengemos!” clamé en mi mente al cielo.

Cerré la puerta del baño y me miré al espejo, tenía mala cara, y sonreí recordando uno de los consejos que nos dio la matrona en las clases de preparación al parto: “llevarse maquillaje al hospital, querréis veros bien”; a mí en su momento me pareció un gran consejo, vinieron a mi mente las típicas fotos de hospital de madre recién parida con un aspecto cansado y ojeroso y me decía a mí misma: “yo iré preparada”. Volví a sonreir: ya me habían hecho mil fotos y lo último que había pasado por mi mente era pedir mi neceser para pintarme y salir mona…¿en serio importa tu cara cuándo te acaba de tocar la lotería? “qué consejo tan absurdo” pensaba ahora mientras observaba mis pinturas en su estuche.

Con cuidado me quité la bata y, ahora sí, observé mi cuerpo, y vi mi barriga.

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Tragué saliva despacio, y me quedé un rato paralizada, asimilando lo que estaba viendo. No es que esperara dar a luz y recuperar mi figura al instante, como por arte de magia, no soy tan ingenua, pero en mi mente me había imaginado a mí misma con mi barriga gordita, como cuando te descuidas unos meses y coges unos kilos de más,  y te despiertas una mañana con algún michelín indeseable que antes no estaba allí. Aquello era diferente, era una gordura distinta, no se parecía a mis michelines habituales, tenía una forma indefinida, no habían redondeces bien dibujadas sino un todo voluminoso, y la parte alrededor del ombligo estaba como arrugada, muy arrugada… Una sombra de preocupación se cernió sobre mí al pensar cómo podría recuperar mi figura, y en ese momento pensé que no me veía capaz, que jamás lo lograría. Pero lo peor vino, sin lugar a dudas, cuando la toqué… No sabría decir cuántas veces había acariciado mi barriga en los últimos meses; cuando tienes un embarazo malo, lo único bueno es sentir la conexión con tu bebé, notar cómo se mueve, y acariciarlo, sentirlo a través de tu piel. Toqué ahora esa barriga, que hace sólo unas horas era un gran bola redonda y suave, muy suave…y me dio un escalofrío. Aparté las manos enseguida, como si en lugar de ponerlas sobre mi cuerpo las hubiera colocado sobre ascuas ardiendo, y pasaron unos minutos hasta que pudiera volver a tocarme. Era una sensación difícil de explicar, algo así como si no fuera mi propio cuerpo lo que estaba tocando, como si no me reconociera al tacto. De nuevo, me atreví a poner despacio las manos sobre mi piel, e intenté asimilar lo que sentía, lo que mi tacto me transmitía, y lo que me transmitía era tan…desagradable, sí, creo que esa es la palabra que mejor define lo que sentí en ese momento. Mi piel estaba muy suave, pero excesivamente  suave, y blanda, muy blanda, como si le hubieran quitado la carne a un melocotón y hubieran dejado sólo la piel, sostenida apenas por el hueso y algunos trocitos de carne. Era tan increíble pensar que hace sólo unas pocas horas mi bebé aún estuviera justo ahí, justo donde tenía colocadas las manos, dentro de mi cuerpo, sintiéndolo,  y ahora sentir sólo ese extraño vacío…

La verdad es que tan pronto como salí del baño y ví a mi precioso bebé, toda preocupación sobre mi cuerpo se desintegró en un segundo, con él cerquita nada de eso importaba, y lo cierto es que en las siguientes semanas no tuve demasiado tiempo para pensar en mi barriga, sólo en momentos puntuales cuando me desnudaba para bañarme o trataba de probarme ropa que ya ansiaba volver a usar, pero ni siquiera en esos momentos, si he de ser franca, me importaba demasiado mi físico, tenía mis energías puestas en esa nueva vida tan demandante…Con el tiempo, la barriga, y mi cuerpo en general, fueron volviendo a su normalidad, sin que tuviera que hacer nada al respecto, él solito,  cosas buenas de la lactancia materna, pero aún recuerdo a la perfección aquel día de hospital, cuando pensé que jamás volvería a ver y acariciar mi cuerpo sin sentir un estremecimiento, y me preguntaba cómo haría para poder vivir con ello.

 

 

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