Cuando mamá empezó a pensar en sí misma…

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Llega un día en que te das cuenta que no recuerdas cuando fue la última vez que dedicaste tiempo para tí, sólo para tí. Quizá sean días, o puede que semanas, o meses, o años, quién sabe. El caso es que una mañana te despiertas, y mientras desayunas, repasando todos los quehaceres que te depara por delante el día que acaba de comenzar, te quedas un momento mirando el café que tienes delante y piensas, de pronto, como si hubieras tenido una revelación celestial: “no soy feliz”. No sabes por qué has pensado eso, justo en este momento, sin venir a cuento, pero te lo vuelves a repetir: “no soy feliz”. “¿Cómo no vas a ser feliz?”, te dices a ti misma, y haces un repaso rápido de tu vida, como quien hace la lista de la compra: “tienes casa, pareja, y tres hijos preciosos con los que siempre soñaste, ¿qué más se puede pedir?. Tú y los tuyos tenéis buena salud, y una situación económica que, sin lujos, os permite vivir bien. Entonces, ¿dónde está el problema?”. En ese momento no sabes de qué podrías quejarte porque tienes la vida que siempre soñaste, pero sí que sabes, y de hecho empiezas a estar cada vez más convencida, de que esa afirmación es real, no te sientes feliz, para nada, y de pronto, como si hubieras abierto la caja de pandora de tus sentimientos al pararte a pensar en ellos, te das cuenta de cuán infeliz eres, y el llanto te sorprende también así, en un instante, como si hubiera estado esperando tu permiso para brotar y justo en ese momento, esa mañana, se lo hubieras dado. Y empiezas a llorar desconsoladamente, como si te acabaran de dar una terrible noticia, y para intensificar aún más la desbordante sensación que has empezado a vivir,  empiezas a sentir una presión en el pecho que nunca antes habías sentido, ¿o si la habías sentido pero no habías sido consciente de ella?, es posible que llevara mucho tiempo allí, de hecho ahora que lo piensas recuerdas haberla sentido otras veces, pero no habías querido darle mayor importancia, y al no hacerlo, habías logrado sin pretenderlo, que se fuera haciendo cada vez más y más pesada, y, al igual que un quiste maligno no tratado va ganando terreno a los tejidos sanos, se había convertido en una parte de tí dificil de estirpar.

¿Y ahora qué? ¿Ahora qué hago? en ese momento no tienes ni idea, no sabes qué hacer, porque sientes que necesitas huir aunque no sabes a dónde ni de qué, porque en realidad tampoco quieres huir, te gusta tu vida, fue tu opción, la casa, tus hijos, pero al mismo tiempo te sientes ahogada, te asfixias en esas cuatro paredes…y entonces, sin pensarlo dos veces, coges las llaves de casa y te vas. Echas a andar sin rumbo fijo, sólo andas, y, aunque sabes que tienes mil cosas que hacer en casa, en ese momento te da igual. Y andas, sólo andas, porque sientes que si vuelves a meterte entre esas cuatro paredes que son tu casa, el peso de tu pecho te axfisiará para siempre. Así que caminas, caminas sin saber a dónde, y mientras lo haces, poco a poco, empiezas a sentir cierta calma, no es gran cosa, pero pareces sentirte algo mejor, así que sigues caminando. A tu paso observas las casas, los coches, los árboles, escuchas el canto de algún pájaro, y poco a poco, vas esbozando una mínima sonrisa, es apenas una mueca, pero tu pecho se siente un poco menos pesado, parece que funciona, así que sigues caminando. En tu caminar sin destino te cruzas con mucha gente, casi todos van con prisas, los observas, sus caras de preocupación, esos ceños fruncidos por el estrés, y piensas: “yo también tengo mil cosas que hacer”, pero no, no tienes intención de volver a casa, aún no, sólo quieres caminar, caminar y respirar, respirar con conciencia, inhalando el aire, sintiendo como se llenan tus pulmones, y como se vacían después, con cada exhalación, pensando nada más que en respirar.

Ese día, al llegar a casa, la comida no está lista, ni la ropa lavada y tendida, ni la vajilla del lavaplatos guardada, pero a tus hijos y a tu marido poco les importa; se come algo improvisado y por la tarde se hace lo que se puede en casa, y esa tarde, con tus hijos, te sientes distinta, más paciente, menos enfurruñada, sin ese gesto constante de enfado y cansancio.

Pasan los días y una mañana, de nuevo, vuelve ese peso en el pecho. Esta vez ya sabes lo que tienes que hacer, tu cuerpo necesita andar, andar y respirar, sin un destino, sin un propósito…Esa mañana, tus pasos te llevan a una calle céntrica, llena de tiendas, y al pasar por un escaparate te paras a mirar un vestido largo de color rojo intenso, con unas rosas bordadas en la parte de la cintura, es precioso, y piensas: “¡cuánto tiempo que no me compro algo bonito!”; siempre que vas de compras acabas, sin pretenderlo siquiera, cargando con un montón de ropa infantil, y tú quedas en el último puesto de la lista de compra…pero ese día no, ese día entras y te pruebas el vestido del escaparate. Al vertelo puesto te gusta aún más, ¡te encanta!, y mientras te diriges a la caja para pagarlo vas pensando que realmente no lo necesitas, que es un gasto absurdo y que lo que realmente deberías comprar sería un par de pantalones de deporte para tus hijos, que los llevan ya con las rodillas desgastadas. Este pensamiento te persigue mientras sacas la cartera, pagas, y sales por la puerta de la tienda con tu nuevo vestido en la bolsa, pero esa mañana no te apetece escuchar tu cabeza, esa mañana sigues tu impulso interior, y te sienta de maravilla. De vuelta a casa pasas por la puerta de una librería, es nueva, no sabías que la hubieran abierto, y entras por gusto a echar un vistazo. Quince minutos más tarde sales por la puerta con un nuevo libro entre las manos. Ni recuerdas la última vez que tuviste tiempo para sentarte tranquila a leer, tus libros descansan en la librería por meses, abandonados. No sabes si tendrás tiempo para leer tu nueva adquisición, pero sí sabes que te apetece muchísimo, te das cuenta justo en ese momento cuánto echas de menos leer, y no eres capaz de explicarte a tí misma cómo has podido estar tanto tiempo sin hacerlo, meses, años…, eso se acabó, no sabes cómo lo vas a hacer pero vas a encontrar el tiempo para hacerlo, lo necesitas imperiosamente.

Esta vez no esperas que pasen los días para volver a sentir ese peso en el pecho y reaccionar, esta vez te adelantas a tu cuerpo y a la mañana siguiente, una vez están “colocados” los niños en el cole, vas al gimnasio más cercano y te apuntas. No es ninguna revelación que hacer ejercicio es bueno para cuerpo y mente, siempre lo has sabido, y siempre habías intentado sacar tiempo, pero con tres niños pequeños era imposible, totalmente imposible. Pero esta vez sabes que va a ser posible, estás segura, porque te has dado cuenta que los días que te has ido a andar has dormido mucho mejor, has descansado de verdad, y el peso de tu pecho se ha vuelto más liviano y llevadero, así que esta vez sí, sacarás tiempo de donde sea, como sea.

En las semanas siguientes el hogar familiar empieza a ser un lugar un poco más caótico, muchos días la comida se improvisa en el último momento, la ropa no está lo planchada que cabría esperar, y otros tantos días el orden, seamos francos, deja mucho que desear. A los paseos y el gimnasio, se suman días de compras, peluquería, y horas de lectura, ¡cuántas horas de lectura recuperadas!, y hobbies que quedaron olvidados hace años: pintar, escribir…¡cómo habías podido estar tanto tiempo sin hacer esas cosas! ahora te parece increible, no eres capaz de comprender cómo habías sobrevivido sin esos placeres, sin esos momentos que te llenan el alma de satisfacción y te traen la calma.

Mamá sigue siendo madre, sigue teniendo tres hijos y mil quehaceres diarios, pero ahora se ha dado cuenta de cuán urgente era reordenar su lista de prioridades, su cuerpo se lo había hecho saber de la única forma en que le escucharía, había comprendido que en esa lista de obligaciones se había colocado a sí misma en el último lugar, y por fin había tomado conciencia de lo perjudicial que esto era para ella, y también, en consecuencia, para su familia.

Con todo, la historia no acaba aquí, ya que conforme el peso del pecho se va diluyendo, es fácil ir olvidando el mensaje que nuestro cuerpo nos envía, y con la alarma en modo “reposo”, volver a caer en los mismos errores del pasado, irte dejando poco a poco, y volver a colocarte, casi sin darte cuenta, en el último puesto de la lista. Yo,  cuando esto ocurre, ya sé lo tengo que hacer, me pongo mis zapatillas y echo a andar sin rumbo fijo, sólo respirando profundamente….y al cabo de un rato, poco a poco, consigo llegar a un rincón alejado y polvoriento de mi cabeza, de donde rescato viejas ideas que empezaba de nuevo a olvidar. Y otra vez, repaso la lección que mi cuerpo me dio y una vez más volví a olvidar, y a mi manera, me la repito, a ver si esta vez sí, me entero de una vez por todas. Y mientras repasas la lección, te das cuenta de lo obvia que es, tan obvia como difícil de llevar a cabo, ¿por qué será? Y la lección que siempre intento aprender es bien sencilla: el tiempo de que disponemos cada día es limitado, no hay tiempo para todo y pretender llegar a todo es absurdo, absurdo y frustrante a la vez, así que no nos queda más remedio que elegir, y en esta elección es donde está la clave, en saber elegir qué es importante y qué es menos importante, qué es imprescindible para hoy, para ya, y qué cosas se pueden aplazar. Siempre va a ver un coste de oportunidad, pero merece la pena si elegimos bien. Y tu prioridad siempre, siempre debes ser tú. Debes conocerte bien, aprender qué cosas te sientan bien, saber qué te hace vibrar el alma, identificar esos momentos que consiguen detener el tiempo y hacer que te olvides de todo, esas cosas que te hacen feliz y a las que dedicarías, si pudieras, todas las horas del día. Y una vez reconocidas, sacar tiempo para ellas, siempre, sin excusas ni aplazamientos, porque sin ellas la vida se vuelve una larga lista de obligaciones infinita, y porque sin ellas te vas marchitando lentamente, apagándote hasta perder toda tu luz. Y sin esa luz es imposible que seas la madre, mujer, amiga que tú quieres llegar a ser, sólo serás una sombra de esa persona, triste, amargada, sola, e incapaz de dar a los demás lo que no eres capaz de darte a tí misma.

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