Mi último bebé.

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Te veo ahí, en tu cunita, durmiendo, tan bonito, tan perfecto, podría pasar horas mirándote: esa naricita, esas manos diminutas, esos labios, desprendiendo ternura por cada poro de tu piel. Cada vez que paso a tu lado me paro a contemplarte unos minutos, no puedo evitarlo, me invento excusas para tener que pasar de nuevo por delante de tu cuna y poder mirarte otro ratito más, lo haría todo el día, nada en el mundo le trae más calma a mi alma y me llena más de amor, tienes ese poder sobre mí. “No crezcas nunca” pienso, “sigue siendo mi pequeño bebé para siempre”. Entonces llega tu hermano, irrumpe en la habitación como un torbellino de energía y risas, “¡qué grande está!” pienso. Y mientras lo observo, intento acordarme de cuando era tan pequeño como tú, un bebé indefenso en su cunita, pero no lo consigo, no soy capaz de visualizarlo, no puedo recordar cómo eran sus manitas, su nariz, su olor de bebé, sólo al ver fotos y videos puedo revivir aquellos días que ahora parecen tan lejanos. Y siento un pinchazo de melancolía, qué rápido pasa todo, y te vuelvo a mirar, tan precioso, mi bebé, y pienso que en unos meses, en un chasquido de dedos, crecerás, en un abrir y cerrar de ojos serás como tu hermano mayor, y me costará recordar esta sensación de tenerte tan pequeño, tan unido a mí. “Mi último bebé” pienso, “este es mi último bebé”, y la melancolía se torna tristeza.

Antes de ser madre, siempre había querido tener tres hijos, bueno, en realidad me habría gustado tener más, pero siendo realista y franca conmigo misma, sopesando el esfuerzo económico y personal que conlleva criar un hijo, me parecía la cifra perfecta, dos hijos se me quedaba corto, deseaba tener una buena “tropa”, jaleo en casa, esa sensación de “gran familia”, así que soñaba con llegar a tener tres hijos, con ello soñaba antes de ser madre…

Este sueño empezó con un embarazo horrible, nueve meses de angustias interminables, y cansancio extremo. Cuando intentaba explicar a alguien cómo me sentía, siempre me venían a la mente aquellos días de resaca después de una noche loca de fiesta, era una sensación bastante similar, tirada en el sofá…pero durante nueve meses. Por fortuna, el parto fue muy bien, pero entonces llegaron los días sin dormir, los meses, los años…dos años tardó mi primogénito en dormir bien, sin despertarse cada hora reclamándome. Y entonces, un nuevo embarazo. Guardaba la esperanza de que este segundo embarazo fuera mejor, pero no, no sólo no fue mejor, sino que fue incluso peor, creo que en parte porque ahora tenía un niño al que cuidar y no podía permitirme el lujo de encontrarme mal, aunque sí lo estaba, vaya si lo estaba…Y otro parto estupendo,  pero de nuevo un niño que no sabía dormir, de nuevo despertares nocturnos cada hora durante semanas, meses…, y esta vez con el añadido de cuidar al hermano mayor, que no tenía culpa de que mamá no durmiera por las noches.

Entre noches de vigilia, y días de cansancio extremo, la idea de tener un tercero se fue diluyendo, y sin ni siquiera haber tenido que sentarse a hablar del tema, papá y mamá dieron por sentado que esa idea estaba descartada, sería una locura volver a pasar por ello, volver a pasar otros nueve meses de angustias, otros dos años de noches de vigilia, y con dos niños pequeños por casa esta vez, sería demasiado agotador, demasiado desgaste físico y mental. Así estaban bien, ¿para qué complicarse?, tenían una familia perfecta con sus dos hijos, y en un par de años, empezarían a ganar independencia, a recuperar tiempo y energías perdidas, tenían dos hijos preciosos, así estaban bien.

Así que ahora, escúchame, mi pequeño bebé, voy a dejar todas mis obligaciones pendientes, y me voy a sentar un ratito contigo, a tu lado, sólo a mirarte, no voy a hacer nada más que mirarte, enamorándome de ti un poco más cada segundo. Y cuando despiertes, aquí seguiré, a tu lado, para cogerte enseguida, abrazarte, sentirte bien cerquita y tenerte pegadito a mí todo el tiempo que tú quieras, no hay prisa. Y voy a mimarte, voy a mimarte mucho, quizá demasiado, voy a sacarle el jugo a cada segundo contigo, voy a memorizar cada sensación, cada tacto, cada olor, cada sonido, porque ¿sabes? el tiempo pasará de nuevo, implacable, y un día ya no estarás en esa cunita, un día serás tú el que entre corriendo en la habitación, como lo hace ahora tu hermano mayor, un día serás tú el torbellino de energía y risas, y me daré cuenta de que has dejado de ser mi pequeño bebé para siempre, mi último bebé.

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