Ellos también lo pasan mal.

Esta entrada va por ellos, y especialmente, por mi marido, padre de mis tres hijos. Va por esos padres implicados en la crianza, que adoran a sus hijos y como nosotras, a veces se sienten perdidos, agotados y sólos, muy sólos, porque ellos también lo pasan mal, y también se merecen un reconocimiento que muchas veces no tienen, por culpa de esos “otros padres”, esos que se desentienden de la crianza, que piensan que es cosa de mamá, y cuando no está mamá, de la abuela, y que no renuncian a sus hobbies, porque trabajan duro y tienen derecho a su tiempo de ocio; no saben de pañales, biberones, cosas del cole, o extraescolares, “ah, ¿eso?, eso lo lleva su madre”.

A los otros, a los papás de verdad, les dedico estas líneas.

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Hoy me pongo en tu piel, o, al menos, lo voy a intentar, hoy voy a huir del socorrido: “ellos lo tienen más fácil”, porque ya sabemos que es nuestro cuerpo el que lleva la carga mayor, evidentemente, pero hay mucho más en ser padres, muchísimo más que un cuerpo que se tranforma y revoluciona, más que hormonas y estrías, más que parto, puerperio y lactancia, y ellos, los papás de verdad, también lo pasan mal.

Empezaré por el principio, el embarazo, ese momento en que sabes que tu vida va a cambiar radicalmente, que lo que un día soñaste, aquella ilusión de “tengamos un hijo” va a hacerse realidad, antes de que te dé tiempo siquiera a asimilarlo. En unos meses una personita minúscula va a depender de tí, vas a criarlo, educarlo, y a ser su mayor referente, es una responsabilidad inmensa, sientes vértigo y una mezcla de sentimientos que te desborda…¿Y tú? ¿Cómo lo sentiste tú? Porque tu cuerpo no se estaba transformando, no sentías una nueva vida moviéndose en tu interior, y las hormonas no te habían revolucionado, poniendo tus sentimientos patas arriba, así que imagino que para tí todo fue como más abstracto, menos real, algo así como un acto de fé, fé en una nueva vida que no sabías cómo sería. Pero lo que sí sabías es que tu vida ya había empezado a cambiar….porque tu mujer tuvo un embarazo malo, siempre tenía angustias y mal cuerpo, y la mayor parte de los días no tenía ganas ni de levantarse del sofá, así que esa espera a lo desconocido debió ser bastante desesperante. Porque tú eras la misma persona, te encontrabas bien, eras el mismo de hacía unos meses, con las mismas ganas de hacer cosas, con idénticas ganas de tu pareja, y debió hacerse duro ver pasar los días sin un desahogo, sin una mejoría que nos diera un respiro, sin intimidad con tu mujer…

Después llegó el bebé, el milagro de ser padre, pero con él también llegó el puerperio, y la lactancia, un bebé demandante que sólo quería a su madre para dormir, o, mejor dicho,  para no dormir. Vinieron meses y meses de noches de vigilia, y tú, tú ahí sin poder hacer demasiado, salvo algún pequeño desahogo, tu bebé quería a su mamá, cosas de la teta…, y yo te veía tantas veces intentando ayudar, sin saber cómo, e imagino que pudiste sentirte algo desplazado, porque también querías consolar a tu bebé, y no podías, y querías darme a mí un respiro, y tampoco podías. Como he dicho, cosas de la teta. Y sé que también me echarías de menos, como yo te echaba a ti, porque se acumulaban ya demasiados meses con una mujer agotada, sin ganas de nada, sin tiempo para su pareja porque no lo tenía ni para sí misma.

Por suerte el tiempo pasa, la etapa de bebé se esfuma sin darte apenas cuenta, y aunque echas de menos ese bebé vulnerable que ya no volverá, empiezas a recomponer tu vida, a recuperar tiempo y espacio, a respirar. Y por suerte también, tu hijo empieza a depender menos de mamá, así que llega el momento de recuperar tiempo y momentos con él, imagino que tanto tiempo ansiados.

Por otro lado, fuera de casa, tampoco el padre recibe el apoyo y comprensión  que cabría esperar. En esta sociedad machista y patriarcal en la que vivimos, el padre implicado en la crianza, también tiene que lidiar con el hecho de que, por el sólo motivo de haber nacido hombre, de no parir y no dar el pecho, se va a poner en tela de juicio su dedicación y valía, siendo siempre el actor secundario detrás de mamá. Yo misma he podido comprobar, con sorpresa y estupefacción, como papá desaparece cuando está junto a la madre de sus hijos, en según qué situaciones. El papá de la criatura se desintegra a los ojos de nuestro interlocutor, y se convierte sólo en ese señor que ha venido a acompañar a mamá. Por ejemplo, en la visita a según qué pediatras o médicos, cuando el doctor siempre se dirigía a mí, al preguntarme los síntomas del niño, antecedentes, incluso cuando estaba de espaldas vistiendo al niño esperaba paciente para darme las indicaciones a seguir en casa, y el padre de la criatura ahí, invisible en su silla, mordiéndose la lengua por no decirle: “bueno, yo es que pasaba por aquí…” a ver si el médico le respondía o es verdad que se había vuelto invisible. Con algunas profesoras del cole pasa más o menos lo mismo, si está mamá, le preguntan a ella, le explican a ella, “yo es que vine a traerla” le veo con ganas de decirles, ya que parece que es lo que piensan…

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¿Y cuándo nos encontramos con amigos por la calle? Un día me di cuenta que, según con quien te encuentres, y por desgracia la mayor parte de las veces, si nos cruzamos con amigos o conocidos, a él le preguntan por el trabajo, el gimnasio, hobbies, cosas así, y en cambio, a mí, a mí no, a mi me preguntan por los niños: si comen, si duermen, van al cole, etc., obviamente, ¿de qué me iban preguntar si no? A mí me dan ganas de responderles directamente: “no haces ni el huevo en casa ¿verdad?”. De la misma manera, si ven a papá sólo con nuestros hijos se sorprenden, le sueltan un: “te han dejado sólo con los niños”, y a sus ojos es un padrazo que merece un reconocimiento, un crack, o un pringado, que de todo hay… En cambio, si soy yo la que va sóla con los niños sólo soy mamá con los niños, punto. En este caso podría pensarse que no tendría de qué quejarse, si aquí sale ganando, pero rechina el machismo inherente en la situación, y no debe ser agradable esa sensación de que se dude de tu capacidad o dedicación por el simple hecho de ser hombre.

Para terminar, mi pequeño “homenaje” a las madres machistas, esas que consienten que su marido no haga nada en casa, incluso aquellas que no le dejan porque él no sabe, lo hace mal y no se fían, de estas últimas soy muy fan, incluso sé de algunas que no se fían de dejarle a sus propios hijos, y se quedan más tranquilas si se ocupa de ellos la abuela. Lo estoy escribiendo y me cuesta creer que sea real, pero así es. Y por si no termino de creerlo, cada cierto tiempo hay alguien que me lo reafirma compartiendo en Facebook algún chiste o meme sobre padres, y me lo vuelven a reafirmar al recibir “me gustas” de otras madres, y comentarios del tipo: “así es”, o “y tanto”, y añadiendo nuevos ejemplos de la situación en cuestión. Todos estos memes que pululan por las redes tienen en común la misma idea de padre, que a mí, me parece sacada de tiempos de nuestros padres o, más bien, de nuestros abuelos. Nos presentan un padre machista, que pasa del cuidado de sus hijos o la casa, que delega todo en su mujer, y que además es bastante imbécil, porque no tiene ni idea de nada, parece que se quedó en los 15 años y su mujer es algo así como su nueva madre, por no hablar del egoísmo que irradia por todos los poros de su piel. Ya me parece alucinante que existan hombres de mi edad que se comporten así, pero más alucinante me parece que mujeres de mi edad se lo consientan, hagan chistes con ello e incluso se lo tomen como un defecto sin importancia, como una condición inherente a la naturaleza masculina, la cual hay que perdonar porque: “no dan para más”. Pero lo peor de todo, es que esas mismas mujeres que consienten esa situación dan por sentado que esto es la norma general, lo lógico en cualquier hombre, una generalidad injusta pero irremediable. Y claro, cuando tú no eres imbécil, infantil, egoísta y, ni mucho menos, machista, debe ser degradante que, por el sólo hecho de tu condición masculina, den por sentado que tu paternidad se reduzca a “poner la semillita en mamá”, o llevar al fútbol a tu hijo cuando tenga edad, si tienes la suerte de tener hijos varones.

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Es de lo más sencillo que un hombre se convierta en papá, sólo tiene que pasar una noche divertida, y puestos, no tiene ni por qué ser divertida. Con suerte, puede que papá sea una persona responsable y se haga cargo de su hijo, le procure un techo, comida, ropa y educación, y con un poco más de suerte, puede que incluso viva con él y lo vea crecer con orgullo. Pero hay que tener mucha suerte para tener un papá de verdad, que comparta juegos y risas, pero también cuidados y renuncias, que lleve la carga física y mental del cuidado de los hijos al 50%, y que lo haga con gusto, amor y dedicación, que no se limite a ser un mero empleado a cargo de mamá, sino que comprenda que es una empresa común con dos socios a partes iguales, que no sea el colega gracioso y divertido que pasa un rato a animar el cotarro mientras mamá dirige la empresa, ni tampoco el policía que pone orden y autoridad pegando cuatro gritos cuando mamá ya no puede más, y se desentiende el resto del tiempo. Hay que tener mucha suerte para tener un padre así, y mis tres hijos la han tenido.

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2 comentarios sobre “Ellos también lo pasan mal.

  1. Muy bueno. Y tienes toda la razón.
    Esa imagen donde se ve al papa preparandose para salir y que luego le dice a la madre que si todavía no está preparada la he vivido montón de veces, con la diferencia de que yo salgo en todos los cuadros ya que yo le daba de desayunar al niño, le ducha a, le vestía y ella seguía sin estar preparada

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