¿Dónde va el tiempo?

¿Dónde va el tiempo? Dicen que el día tiene 24 horas pero yo no termino de creerlo, porque 24 horas son muchas horas y a mí me falta tiempo constantemente. Creo que alguien me está timando, me roba minutos a escondidas y se burla de mí a mis espaldas porque no me salen las cuentas…¡Qué tiempos aquellos en que me sobraba el tiempo! me sobraba tanto tiempo que ni pensaba en ello, me sobraba tanto tiempo que hasta me aburría…ahora nos dicen que dejemos que los niños se aburran, que es bueno para ellos que tengan esos momentos de tiempo sin programar ¡desde luego que es bueno! lo que diera yo por tiempo para aburrirme, lo que diera por decir: “bueno, ya he hecho absolutamente todo lo que tenía que hacer y también todo lo que me apetecía hacer…¿y ahora qué hago?”

Dicen que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde, ¡qué gran verdad! Cuando era niña y adolescente era inmensamente rica, ¡y yo sin saberlo! pasaba horas y horas, tardes enteras sin “hacer nada”, nada supuestamente útil quiero decir, tardes enteras oyendo música, charlando con los amigos, leyendo…, no era consciente de lo afortunada que era. Pero los años pasan, y llegó un día en que terminé mis estudios y empecé a trabajar, y de pronto, de un día para otro, sin tiempo para asimilarlo, me quedé sin tiempo, sin ese preciado tesoro. Y entonces es cuando empecé a ir dejando de hacer tantas cosas que me encantaba hacer, que me hacían feliz, porque mi tiempo había empezado a desintegrarse. Intentaba arañar horas al día, pero era imposible, y al final tenía que elegir, elegir dedicar mi menguado tiempo libre a unas cosas a costa de abandonar otras. Aún así, mientras me quejaba de no tener tiempo para tantas cosas que querría hacer, añorando aquellas tardes repletas de horas y horas libres, llegó el momento de ser mamá…, y entonces es cuando entendí que de nuevo me quejaba de vicio, ese día firmé la sentencia de esa ilusión llamada tiempo libre, se esfumó, se me escurrió entre los dedos.

Al principio te dejas llevar, la maternidad te arrastra como un torrente de agua y tú no haces sino seguir la corriente, estás inmersa en tu nuevo papel, en ese milagro diario de tus hijos y te vas olvidando de aquella mujer que eras antes. Y si no estás atenta, puede llegar un momento en que te des cuenta de que este torrente está empezando a ahogarte, te cuesta mantenerte a flote, es agotador flotar día tras día por meses, años, necesitas un tronco al que agarrarte, una balsa, y no sabes donde encontrarla. Hasta que, por fin, te das cuenta de que ese tronco está más cerca de lo que crees, ese tronco está en tu mano, y es el tiempo, tiempo para ti, para volver a ser tú, para volver a hacer esas cosas que tanto te gustaba y te gusta hacer, tiempo. ¿Y si no hay tiempo? ¿no se desintegró hace años? Pues entonces te tienes que convertir en una ladrona de tiempo, es la única manera, si la única forma de no ahogarte es teniendo tiempo y no lo tienes tendrás que robarlo. Robar tiempo a las mil obligaciones diarias, a la casa, a los hijos. Robar tiempo a compromisos que no te aporten nada, a televisión rancia, a miradas al móvil vacías. Y no sentirte mal, sobre todo no sentirte mal por ello, porque tener tiempo para ti es mucho más importante que una casa limpia y ordenada, una hora más de parque infantil, u otro cumpleaños al que no te apetece acudir. Tener tiempo para ti es respirar, es no ahogarte en el torrente diario, es estar viva otra vez, es volver a los 15 años, cuando perdías toda la tarde forrando una carpeta con fotos de revistas y no sentías que estuvieras perdiendo el tiempo, porque era TU tiempo.

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Con todo, es difícil de conseguir, no se convierte una en ladrona de guante blanco de la noche a la mañana, y se pasan largas rachas de vuelta al torrente, con el agua otra vez al cuello, y sin tiempo ni para respirar. Pero una vez que se tiene claro cuál es el mejor tronco al que agarrarse, el único propósito es conseguirlo, y, aunque requiere práctica y determinación, poco a poco se va logrando, con altibajos y recaídas, muchas recaídas, de no ser así no seguiría preguntándome dónde están mis 24 horas diarias, y no seguiría intentando descubrir al ladrón que me las roba, quizá para aprender de él, y convertirme yo también en una mejor ladrona de tiempo.

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