¿Algún día dormiré?

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A veces me pregunto cómo habrían sido estos últimos 8 años de mi vida si mis tres hijos hubieran dormido bien, si hubiera tenido esos niños que, según cuenta la leyenda, duermen toda la noche del tirón desde el primer día. Sin desvelos, despertares continuos cada hora durante meses, llantos al mínimo sonido imperceptible para cualquier oido humano, salvo para tu bebé…

Siempre he sido muy dormilona, lo reconozco, y cuando me imaginaba cómo sería cuidar un bebé, siempre visualizaba un par de noches malas, o algunos despertares nocturnos, algo llevadero, en ningún momento se me pasó por la cabeza que pasaría años sin dormir una sóla noche seguida. Tampoco sabía que no dormir bien te afectaba tanto anímicamente, de hecho esto último tardé bastante en descubrirlo. Me sentía abatida, sin ganas de hacer nada y triste, sobretodo muy triste, y no era capaz de entender a qué podía deberse aquella tristeza, sin un motivo objetivo que la justificara. Entonces llegaba una noche en que, por arte de magia, mi bebé me dejaba dormir 4 ó 5 horas seguidas, esas noches en que me emocionaba como una niña y con la risa nerviosa contenida pensaba ilusionada: “¡por fin!, ya ha pasado esta etapa horrible de no dormir y mi bebé ya ha madurado, ¡se acabaron las noches en vela!” La ilusión duraba lo que dura un día, porque al llegar la noche volvíamos a las andadas, cómo iba a saber yo que aún tenía por delante muchos meses de desvelos nocturnos…, ¡y yo que había pregonado a los cuatro vientos que mi bebé por fin sabía dormir! Mis amigos me decían que era una gafe, que cada vez que lo contaba volvían a dormir mal, pero cuando dejé de contarlo también volvían las noches de vigilia, así que no creo que fuera algo que pudiera controlar.

El caso es que esos días mágicos en que mi bebé, contra todo pronóstico, dormía 4 ó 5 horas del tirón, por las mañanas yo era otra persona. De pronto recuperaba las ganas de hacer cosas, hacía mil planes en un segundo y volvía a sentirme feliz. Y entonces me daba cuenta de que la persona alegre y activa de antes, aquella que dejé de ser, aquella que ni recordaba, seguía ahí dentro de mí, en un estado de letargo esperando resurgir al mínimo descanso. Las energías y los planes me duraban poco, enseguida volvía el cansancio, unas pocas horas seguidas de sueño no daban para mucho, pero era tiempo suficiente para recordarme a mí misma cómo soy en realidad, y enseñarme una importante lección, que lo que mi cuerpo arrastraba no era infelicidad, no era desgana, desidia, insociabilidad, no me había vuelto aburrida, ceniza y gruñona, sólo estaba cansada, muy cansada, y sólo necesitaba dormir.

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