Mi último destete.

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Ya hace siete meses que desteté a mi pequeña, ¡siete meses!, y aunque he dicho que “ya” hace siete meses  en realidad debería decir “¡¿sólo siete meses?!”, ¡me parece que hubieran pasado siete años!. ¡Es increíble como cambia todo tan rápido en esto de la maternidad..! cómo cambian ellos, cómo cambias tú, y cómo cambia tu relación con ellos, evolucionando, transformándose para adaptarse sutilmente a sus nuevas necesidades. Aunque no siempre los cambios fueron tan sutiles…recuerdo cómo mi bebé pasó en una sola semana de despertar cada hora para tomar teta, a dormir del tirón toda la noche. Fue un cambio brutal, nada de sutil, y fue difícil, muy difícil para las dos.

Aún recuerdo perfectamente el cúmulo de emociones que me invadían, y que me acompañaron por muchas semanas. Me sentía en una montaña rusa de sentimientos encontrados, y aunque en mi mente tenía muy claro que el paso que había dado era necesario, mi corazón y mi cuerpo no estaban por la labor de celebrarlo. Yo sabía que había llegado el momento del destete, que no podía prolongar más las noches interminables de vigilia, que necesitaba urgentemente poder descansar YA. Recuerdo la primera noche que mi niña durmió sin despertarse ni una sola vez, me desperté en un estado de descanso profundo que hacía años que no había experimentado, sentía mi cuerpo y mi mente totalmente renovados, tenía ganas de gritar: “¡por fin!” y correr a celebrarlo, pero entonces, de pronto, sentí un pinchazo de melancolía, y sin poder evitarlo pensé: “ya está, se acabó la teta” y mi alegría se tornó en tristeza de un plumazo…¡qué cosas! había dado el primer paso para lograr lo que tanto ansiaba y, en lugar de bullir de entusiasmo, me sentía triste y melancólica.

Después de ese día se sucedieron muchos días cargados de momentos con altibajos. Por un lado celebraba la nueva situación, poder dormir, descansar, cerrar los ojos sabiendo que no me iban a despertar a cada hora, era algo dulcemente maravilloso después de tanto tiempo (desteté a mi niña con más de dos años), y de verdad que me sentía entusiasmada. Pero al mismo tiempo, cuando la veía dormirse sin sentir su boquita amorosa, me llenaba de una profunda  nostalgia por una etapa que sabía jamás volvería. Así que, cada vez que de pronto volvía a pedirme la teta, su reclamo despertaba en mí un huracán de emociones: por un lado, mi cuerpo y mi corazón ansiaban correr a dársela una vez más, sentir a mi bebé tan cerquita de nuevo,  ¡cómo echaba de menos esa sensación!, pero por otro lado, mi cabeza me decía que si lo hacía sería dar un paso atrás,  volver otra vez a las interminables noches sin dormir, y no podía permitírmelo.

Hubo un día que significó un antes y un después. Hacía ya muchos días que mi pequeña no había vuelto a pedirme teta, así que, mientras comíamos, se me ocurrió brindar con mi pareja por haberlo conseguido, era para nosotros un gran logro, el comienzo de una nueva etapa después de encadenar un bebé con otro (para nosotros el destete siempre había venido acompañado de un nuevo embarazo) pero conforme pronuncié las palabras sentí de nuevo esa triste melancolía invadiéndome, no dije nada, pero me sentía entre dos aguas, feliz del gran avance y triste por no volver a sentir esa conexión tan íntima y única con mi último bebé. Así que, en mi fuero interno, empecé a desear con todas mis fuerzas que volviera a pedirme teta, sólo por hoy, una última vez, a modo de despedida, para cerrar un ciclo definitivamente. Ese día necesitaba sentirla cerquita mía una vez más, y sabía que si me lo pedía, no podría negarme, hoy no. Después de comer, la llevé a su cama a acostarla para dormir la siesta y ocurrió. Tras tantos días sin pedirme teta volvió a pedirla, de pronto se acordó, y me gusta pensar que de alguna manera mi cuerpo le transmitió mis deseos ocultos y ella también los sintió. Sin decirle nada a nadie, cómo si estuviera haciendo algo prohibido, le di teta por última vez y nos quedamos dormidas las dos. Fue la siesta más dulce de todo el verano, y una forma maravillosa de despedirnos las dos de esa etapa tan bonita y agotadora a la vez. Pasaron las semanas y no volvió a pedir teta, sólo de vez en cuando, pero sin mucha insistencia, hasta que olvidó totalmente que algún día me necesitó tantísimo para poder dormir. Yo recuperé sueño y descanso por largo tiempo anhelados, y con el descanso volví a ser un poco más yo, despertando en mí nuevas ganas y energía, y casi olvidé, también yo, aquellas noches de íntima conexión y dulces caricias.

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