El día que conocí a mi ángel de la guarda…

Hoy dedico esta entrada a mi ángel de la guarda particular, que me socorrió cuando menos lo esperaba, en el momento más inesperado, y encarnado en la última persona que jamás habría imaginado.

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Hacía 3 días que mi primer hijo había llegado al mundo, y teníamos que acudir a nuestro centro médico para hacerle la prueba del talón. Es una prueba rutinaria que le hacían en enfermería, sin necesidad de que lo viera el pediatra, y nos acercamos sin cita previa.

Intentaré explicar el estado anímico en que yo me encontraba esa mañana, aunque me cuesta expresarlo con palabras. “Desbordada” sería una buena definición. El agotamiento de tantas noches sin dormir, el cuerpo dolorido del parto tan reciente, y la lactancia, sobre todo la lactancia, una lactancia en la que había aterrizado sumida en la ignorancia más absoluta, me tenía destrozada, anímica y físicamente. Anímicamente, porque sentía dentro de mí el deseo inmenso de darle el pecho a mi hijo, pero no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, ni de si lo estaba haciendo bien. Mi bebé había perdido peso desde que salimos del hospital, y esto estaba dentro de la normalidad, se supone, pero me pedía teta cada hora, y yo, en mi ignorancia, naufragaba en un mar de dudas sobre si realmente se estaría alimentando o no. En esos tres días, ya habíamos acudido desesperadamente a la farmacia en varias ocasiones, a comprar leche, biberones, y tetinas de diferentes formas, en nuestra particular lucha por conseguir que tomara un biberón, y así descansar por fin, con la confianza que da ver la leche desaparecer del biberón y sentir la certeza de que esa vez sí que se habría alimentado. Cuántos paquetes de leche, biberones y tetinas acabaron en la basura, mi hijo no consentía que una tetina entrara en su boca tuviera el color o forma que tuviera, y terco como una mula, estaba empeñado en tomar teta aunque su madre fuera la mayor de las ignorantes en lo que a lactancia se refiere.

Físicamente, al dolor de los puntos por el desgarro que había sufrido en el parto, ahora se sumaba el dolor horroroso de los pezones agrietados, con un bebé que no daba tregua, y que tampoco quería saber nada de las pezoneras, última absurda adquisición en nuestras múltiples visitas a la farmacia.

Pues en este estado llegamos al centro médico aquella mañana, dispuestos a pasar el trance de la dichosa prueba (sólo pensar que tenían que pincharle en aquel minúsculo taloncito me ponía los pelos de punta) y volver a casa cuanto antes.

Cuando entramos en enfermería y vi a la persona que nos iba a atender me dieron ganas de darme la vuelta e irme a casa. Estando embarazada, en una de las múltiples ocasiones en que tuve que ir a sacarme sangre, conocí a la enfermera que tenía delante aquella mañana. Era una mujer mayor, muy delgada y pequeña, con la cara bastante arrugada, una de esas personas que te cuesta adivinar la edad, porque las arrugas de su rostro no van con su cuerpo menudo, y no sabes si es que es más joven de lo que su rostro aparenta, pero ha llevado mala vida, o es mayor de lo que su cuerpo pequeño da a entender. El caso es que me atendió estando embarazada, y no había sido un encuentro cordial. No fue ella la que me sacó sangre, por suerte, pensé aquél día, pero sí que me atendió al llegar, revisando los papeles que llevaba del médico y dándome los tubos que debían llenar de sangre, para que los entregara al enfermero en cuestión. Lo hizo mientras repasaba una lista de pacientes, sin mirarme a la cara, y con malas maneras. Recuerdo que le di los buenos días y ni me contestó, me pidió los papeles y con bastante impertinencia me devolvió uno recriminándome que ese tenía que guardarlo yo, como si fuera lo más obvio del mundo. Me metió prisa para que pasara a la siguiente sala, donde ya me sacarían sangre, de nuevo como si fuera evidente y yo estuviera alelada, y llamó al siguiente paciente con la misma antipatía. Una de esas ocasiones en la vida en que te tienes que morder la lengua para no gritar: “¡pero a tí qué coño te pasa! ¿no puedes ser un poco más amable?” Supongo que tuvo un mal día.

Su cara reflejaba la misma carencia de amabilidad que la última vez, ahora sé que no siempre la cara es el espejo del alma, y con idéntica parquedad en palabras, fue preparando lo que necesitaba, mientras nos indicaba que pusiéramos al bebé en la camilla. Cuando al fin se acercó a mi bebé, en un segundo, Mr. Hyde dio paso al Dr Jekyll… Lo miró dulcemente, y me dirigió palabras tranquilizadoras. Me dijo que estuviera tranquila, que era muy rápido, y que no me preocupara si el bebé lloraba, porque no era porque le hiciera daño, sino porque le agobiaba que le sujetaran el talón y no le dejaran moverse libremente. Antes de proceder, observó: “tiene los labios agrietados”, y yo le expliqué que le echaba vaselina todo el tiempo pero que no mejoraba, en ese momento no entendí el significado de aquella observación. Cogió el taloncito de mi bebé, le pinchó, y presionó para untar de sangre unos círculos marcados en un papel absorbente. Fue rápido, y aunque mi pequeño lloró, se le pasó enseguida en cuanto lo cogí en brazos. Y entonces, cuando pensaba que nos diría que ya podíamos marchar a casa, ocurrió.

Mientras recogía todo y yo esperaba consolando a mi bebé, me preguntó:

– ¿Le estás dando el pecho?

– Sí – le contesté.

– ¿Te han enseñado a hacerlo?

– Pues no – y le expliqué cómo en el hospital había preguntado a tres enfermeras distintas si lo estaba haciendo bien, preocupada porque mi bebé pidiera teta tan seguido, y se habían limitado a decirme que lo pusiera en la teta y ya está. Le conté esto sin añadir ningún  comentario crítico, ya que entendía que siendo del gremio se pondría de parte de aquellas enfermeras.

– Ya – dijo con gesto serio, y añadió – ¿te importa que vea cómo lo haces? tu bebé está deshidratado.

Podéis imaginar mi impresión cuando escuché esas palabras: “deshidratado”. El corazón se me puso a mil por hora en medio segundo, y me apresuré a decirle que sí, al fin y al cabo era lo que todo el tiempo había pedido, alguien que me ayudara, alguien que entendiera que en esta época que nos ha tocado vivir, donde hemos crecido sin ver jamás a ninguna mujer de nuestro entorno dar el pecho, donde ni siquiera muchas de nuestras madres supieron hacerlo, dar el pecho no surge de forma espontánea por el sólo hecho de tener dos tetas, y no es tan simple como poner al bebé en la teta, como me habían dado a entender las personas que me habían atendido, tanto durante el embarazo, como una vez había dado a luz. Aquella mañana lo aprendí.

Me puse a mi bebé al pecho como siempre, y ella se acercó y volvió a preguntar: “¿me dejas que te ayude?”, “sí, claro” le dije. Me recolocó al bebé encima mía, pegando su barriguita a la mía, en una posición más horizontal de lo que yo lo tenía, de modo que su boca, de pronto, encajó mucho mejor en mi pecho. Después, volviendo a pedirme permiso, me presionó suavemente el pecho de la base hacia delante, algo así como si estuviera “ordeñando”, explicándome que el bebé era muy pequeño y sus mandíbulas aún no eran muy fuertes, y esto sumado a que aún no me había bajado la leche, hacía que el bebé necesitara un poco de “ayuda” los primeros días. Después me dejó que lo hiciera yo y, mientras me observaba, empezó a decir, con tono de indignación, todo lo que yo pensaba y me había callado…

– En el hospital te tratan como a una vaca, te dicen que tienes que dar el pecho a tu bebé y luego nadie te ayuda a hacerlo…

Yo la escuchaba pero no pude contestarle, la emoción me estaba embargando por momentos mientras observaba a mi bebé y era testigo de su transformación…cayó en un sueño muy profundo, con esa cara de satisfacción absoluta que da una buena “comilona”, con la boquita entreabierta, y de pronto tenía hasta mejor color, con un tono más sonrosado que antes. Pero lo que más me sorprendió fueron sus labios, esos labios agrietados, que yo llevaba 3 días embadurnando de vaselina, pensando que estaban así por efecto del frío, por arte de magia se volvieron suaves, gorditos y mucho más rositas que antes, no podía creer que llevara 3 días dudando de la capacidad de mis pechos, y que en un minuto, con un par de indicaciones básicas, mi cuerpo estuviera perfectamente preparado para la lactancia. Intenté reprimir las lágrimas pero me era imposible, brotaron a raudales con una fuerza imparable, llegué “superada” de emociones y ese momento me había hecho estallar.

Mi “ángel” vestido de enfermera, al ver mi agobio, me dijo que llorara sin reparo, que no me diera vergüenza, que era normal, y que ella era madre y abuela y me entendía perfectamente. Nos dejó a solas para que pudiera desahogarme, y me dijo que me tomara el tiempo que necesitara, que no había prisa…

Después de aquel día no he vuelto a verla, desconozco si está trabajando en otro centro o ya se ha jubilado, pero sí sé, que aquella enfermera de edad difusa y carácter difícil, se convirtió para mí, en un momento muy difícil de mi vida, en mi particular faro en la oscuridad, brindándome un apoyo y comprensión que aún hoy me conmueven. También intuyo que seguramente, sin su oportuna intervención, es bastante probable que la lactancia con mi primer hijo, y tal vez con los otros dos, habría fracasado, así que, donde quiera que esté, sólo puedo mandarle el mayor de mis agradecimientos, y, aunque no sé nada de aquella mujer menuda, siempre guardaré su recuerdo en un rincón muy especial de mi corazón.

2 comentarios sobre “El día que conocí a mi ángel de la guarda…

  1. No sé como he llegado a tu blog, soy bastante torpe con esto de Internet, pero quería decirte que tu relato me parece de una sensibilidad exquisita. No sé si volveré a saber de ti, pero te deseo una felicidad inmensa. Un beso.

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