Nunca, pero nunca, es tarde.

Cuando tenía once años, mis padres se mudaron de casa, y, aunque seguimos viviendo en el mismo pueblo, mi vida cambió radicalmente. Por aquél entonces, yo estaba en una etapa muy feliz, adoraba mi vida tal como era en ese momento, y adoraba mi casa, me encantaba, 30 años después, aún puedo cerrar los ojos y recorrerla mentalmente como si fuera ayer. Era un pequeño dúplex, típico del pueblo costero en el que vivíamos. La fachada, de gravilla gris, se dividía en dos partes: por un lado, una puerta grande acristalada que daba a la cochera, y en la otra mitad de la fachada, un pequeño porche de acceso a la puerta principal. En la planta baja: además de la cochera, un salón-comedor, cocina, patio y un pequeño cuarto de baño; y en la primera planta: mi habitación, la de mi hermano, y la de mis padres, con un pequeño balcón, y creo que había un cuarto de baño frente a la habitación de mi hermano, junto a la escalera, pero esto no lo recuerdo demasiado bien. Lo que sí recuerdo a la perfección, es que justo enfrente de casa, nada más cruzar la calle, había otra calle que era peatonal, a la que bajábamos  a jugar todos los vecinos, y también recuerdo la tranquilidad de las calles del pueblo, calles que recorrí mil veces con mi bici. A veces, pasaba la tarde entera pedaleando, descubriendo algún rincón nuevo, otras veces, me acercaba a ver a mi mejor amiga, que vivía unas calles más abajo, y pasaba la tarde jugando con sus vecinos en su calle. Las horas volaban, los días volaban. Recuerdo con especial cariño cuando volvía del cole a casa andando, riendo y hablando con mis amigas, siempre hacíamos una parada en un quiosco a comprar unas chuches, y a veces iba a casa de una amiga a jugar un rato antes de comer, esas salidas del cole eran maravillosas, ¡cómo las eché de menos después! Me encantaba esa casa, y me encantaba todo lo que la rodeaba, todo lo que tenía al alcance de mis piernas y mi bici…

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Pero llegó el día. Una tarde mi padre nos sentó en el salón para explicarnos que ya no íbamos a vivir en esa casa, que teníamos que mudarnos otra vez. “¡¿Otra vez?!”, exclamamos con enfado mi hermano y yo, ya que ésta era sólo nuestra segunda casa en este pueblo, pero no hacía más de 3 años que nos habíamos mudado a él, llegados desde un pueblo del interior, en el que también habíamos pasado unas cuantas mudanzas.  Recuerdo que, a pesar del susto inicial, no me disgustó en ese momento cambiar de casa, al saber que seguiríamos en el mismo pueblo, y me recorrió el cuerpo una mezcla de sentimientos: por un lado me daba pena abandonar mi casa para siempre, pero por otro, sentía expectación por saber cómo sería la nueva. A pesar de todo, esa noche en el sofá, usé todas mis armas de niña mimada de papá, pidiéndole por favor que no nos mudáramos; recuerdo mi decepción al comprobar que no sirvieron para nada, los cariñitos a papá parece que empezaban a ser inservibles…y me acosté triste aquel día.

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La nueva casa estaba a tan sólo 2 kilómetros de la anterior, y aunque no parecía ser una distancia demasiado grande, para una niña de once años se convirtió en una distancia astronómica. Para empezar, como a un kilómetro de mi antigua casa, terminaba el pueblo, y con esto quiero decir que terminaban las calles tranquilas y las aceras, y la avenida principal daba paso a una carretera autonómica que conectaba con otros pueblos. La cuestión es que, aunque en términos territoriales estaba en el mismo pueblo, en la práctica estaba a años luz de él, porque se dependía del coche para ir a todas partes, y yo sólo tenía once años, y una bicicleta. Además, mi nueva casa no estaba en ningún barrio residencial de las afueras ni nada por el estilo. Mis padres tenían un terreno con una nave donde ejercían su profesión, y en ese terreno, junto a la nave, construyeron nuestra casa, así que resultó que donde vivíamos no había más casas, sólo la nuestra. Ni casas, ni calles, ni vecinos, únicamente aquella enorme casa que mis padres construyeron en mitad de la nada…

En sólo unos meses, se acabaron las vueltas del cole a casa riendo y charlando con mis amigas, mamá me llevaba y recogía del cole en coche, y se acabaron las tardes jugando en la calle con los vecinos y mis amigos, y dieron paso a tardes interminables yo sola en casa, con un hermano mayor que me ignoraba, cosas de la edad, y unos padres que se pasaban el día trabajando.

Un día en el cole, una amiga contó que le habían regalado un diario, y que había empezado a escribirlo. Yo la escuché intrigada, porque era algo nuevo para mí, y enseguida me pareció una idea fascinante, me atraía muchísimo la idea de volcar mis pensamientos y sentimientos por escrito, sentía que tenía tantas ideas que podía materializar en palabras, mi cabeza era una olla burbujeante de palabras deseosas de salir, y no tardé demasiado en comprar un precioso diario verde de tapas duras: mi primer diario. Y empecé a escribir.

A las tardes interminables, les siguieron días enteros de soledad cuando llegaban los fines de semana, fiestas o vacaciones de Navidad, Semana Santa y verano. Yo no tenía opción de quedar con nadie, porque había perdido la facilidad de abrir la puerta de casa, cruzar la calle y jugar con los vecinos, o coger la bici e ir a casa de algún amigo del cole. En lugar de eso pasaba días enteros escribiendo. Al primer diario le sucedieron muchos más, y luego, cuando la crónica de mis ideas o mis pensamientos ya no tenían mucho más que aportar, empecé a inventar historias, ¡cuántas historias!, pronto tuve un cajón lleno de diarios, libretas y hojas, no me cansaba…

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Al colegio le sucedió el instituto, y la cosa siguió más o menos igual, mi madre me llevaba y recogía en coche. El instituto estaba aún más lejos, en un pueblo vecino, ya que en nuestro pueblo, en aquella época, no había instituto. Mis tardes de soledad continuaron, pero por suerte, al ser yo más mayor, para cuando llegaron las vacaciones de verano, ya me dejaban coger la bici para ir al pueblo, con mucho cuidado, por el arcén de la carretera, así que, pude recuperar un poco de vida social perdida. Sólo había una pega, que antes de que se hiciera de noche tenía que volver a casa porque esa carretera apenas estaba iluminada y era peligrosa, así que yo me sentía como un vampiro pero al revés, temiendo la puesta de sol, mirando al cielo apurando los últimos rayos de sol, y despidiéndome justo cuando la cosa se ponía más divertida…¡cuántas noches de verano mirando por la ventana de mi habitación preguntándome cómo habría sido quedarme un poquito más!

Y escribía, siempre tenía algo que escribir, algo que contar, mi mente no paraba, y me sentía maravillosamente bien mientras lo hacía.

Pasaron los años, y un día ocurrió algo en el instituto que podría haber marcado la diferencia en mi futuro, pero por alguna razón que desconozco, no sucedió. Teníamos un profesor de literatura que estaba, por decirlo suavemente, un poco grillado. No sé si hoy día le habrían dejado dar clases, sinceramente, porque pasaba absolutamente del temario y dedicaba las clases a ocurrencias, a veces divertidas, la mayor parte del tiempo absurdas. Por poner un ejemplo, un día no se le ocurrió otra cosa que subirse a su mesa y empezar a hacer la gallina, tal cual, con los brazos en jarras, subía y bajaba las piernas y, a su manera, cacareaba. Creo que intentaba de alguna forma motivarnos, hacernos ver que fuéramos nosotros mismos, que nos rebeláramos contra las imposiciones sociales…una especie de Robin Williams en la película de El Club de los Poetas Muertos, pero con unos alumnos bien distintos, que no sentían la necesidad de rebelarse contra nada, ni se sentían inspirados por él, más bien, se reían de él, ¡ay pobre!, aunque supongo que si era fiel a lo que él mismo predicaba, tampoco le importaría demasiado.

Un día, nuestro particular profesor chiflado, nos pidió que lleváramos a clase escritos e historias que tuviéramos por casa, todo lo que quisiéramos aportar, se los iba a llevar y revisarlos con tranquilidad. Yo ví una oportunidad de tener, por primera vez en mi vida, un lector para mis escritos, y aunque es cierto que nunca busqué ningún testigo de mis palabras, ya que era algo que hacía por puro placer, dentro de mi esfera personal, sí que es cierto que en ese momento sentí curiosidad por saber la opinión de alguien objetivo, externo a mí, y si además era profesor de literatura, aunque estuviera un poco “desestabilizado”, mejor que mejor. Así que desoí la vergüenza que atenazaba mi cabeza, junté toda la amalgama de folios de distinto tamaño y formas que encontré por casa, y se los entregué. En el fondo, por mucho que yo escribiera sólo por placer, buscaba algún tipo de aprobación, y vaya si llegó, y en mitad de clase delante de mis compañeros. Me recomendó que siguiera escribiendo, que no lo dejara, y que lo fuera pasando todo a máquina y me presentara a concursos de escritura…me sentí muy halagada, la verdad, pero jamás pasé nada a máquina ni me presenté a ningún concurso, yo ya tenía mi plan de vida y no tenía intención de cambiarlo…

Desde bien pequeña, había crecido entre tubos de óleo, caballetes, lienzos y paletas de colores…mi padre adoraba pintar, y el gusanillo por el arte no tardó demasiado en meterse dentro de mí. Siempre me encantó dibujar y pintar, y muy pronto tuve clara mi vocación, yo era, digamos, la artista de casa, y lo que deseaba desde que empecé el instituto era estudiar Bellas Artes y dedicarme a algo relacionado con ese mundo. Esto de escribir había llegado a posteriori, de improviso, era un hobbie que practicaba en secreto, nada más. Además en mi casa ya había un escritor, y ese era mi hermano, él era el de las letras, el que escribía y asistía a recitales y teatros, el que pertenecía a un club de poesía y escribía en la revista del instituto, él era el que iba a estudiar periodismo, él era el escritor, yo la artista, así era y así siguió siendo.

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Mientras seguía mi camino por donde la vida me llevaba, al principio siguiendo el plan trazado, pero desviándome después a caminos desconocidos, continué escribiendo mis diarios e historias, aunque cada vez de manera más intermitente, no había tiempo para todo…Cuando terminé mis estudios y empecé a trabajar, prácticamente dejé de escribir, unas líneas de año en año, y cuando dejé de trabajar y fui madre, mi tiempo libre menguó hasta cotas desconocidas, se volatilizó. ¡Sin tiempo ni para ir al baño iba a sacar yo tiempo para escribir!

Y un día ocurrió. Un contratiempo en mi vida me hizo caer en una gran crisis de ansiedad que llevaba, sin yo saberlo, alimentando hace mucho tiempo. El hecho en sí fue sólo el detonante de un sentimiento que había germinado en mí y había ido creciendo poco a poco con el paso de los años, sin ser yo consciente de ello. Me falló la intuición, no escuché a mi cuerpo al primer aviso, ni a los múltiples avisos que vinieron después  y hasta que no estuve con el agua al cuello no fui capaz de ver que me estaba hundiendo. El caso es que estaba perdida, ocho años de dedicación exclusiva a la crianza, de dedicación apasionada, obsesiva a veces, me habían transformado en otra persona, la imagen que me devolvía el espejo, esa mujer frente a mí, no era yo, no me reconocía, esa mujer eternamente cansada, enfadada la mayor parte del día, inmerecedora de cualquier placer o capricho, esa mujer que había olvidado cómo divertirse, si esa era yo ahora, desde luego, no quería serlo. Ya no me gustaba, no me gustaba nada, no me caía bien, era un auténtico “coñazo” y había llegado el momento de cambiar.

Y así, empecé un trabajo interno para reencontrarme, para alimentar de nuevo esas partes dormidas de mi ser, para recomponerme y volver a ser aquella mujer alegre y creativa, decidida y soñadora, que algún día había sido…Y en esos primeros días en que estaba totalmente perdida, sin saber ni por dónde empezar a juntar las piezas de mi puzzle personal, tuve un pálpito, una intuición muy fuerte, una voz interior sorprendentemente clara en aquella cacharrería que se había convertido mi cabeza: necesitaba imperiosamente volver a escribir. De improviso, me sentí exactamente igual que hacía 30 años, con idéntica sensación de no poder controlar la situación, de no ser capaz de manejarla, me vi, curiosamente, y a mis casi 40 años, igual de perdida, y pude recordar a la perfección cómo, en aquella ocasión, la escritura, no sólo fue mi tabla de salvación, sino que me llenaba de paz y plenitud, de felicidad. Sin pensarlo dos veces, fui a comprar un diario para retomar ese viejo hábito olvidado y, curiosamente, sin darme cuenta en ese momento, elegí un cuaderno de tonos verdes, los mismos colores que aquel primer diario que adquirí 30 años atrás…

Tan pronto cómo empecé a escribir, sentí una gran calma interior y, no pude más que preguntarme, cómo había podido estar tanto tiempo sin hacerlo, cómo había podido olvidarme de esa manera tan flagrante de mi yo verdadero, cómo había desterrado al cajón de “cuando tenga tiempo” justamente aquellas cosas que me hacen vibrar, que me llenaban de calma y satisfacción, aquellas cosas que, al final, hacen que la vida sea un viaje apasionante.

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Ahora sé que nunca, pero nunca, es tarde. Nunca es tarde para empezar a conocerse una misma, de verdad, olvidando las exigencias de la sociedad, y las que nosotros mismos nos hemos impuesto con el paso de los años. Nunca es tarde para cambiar prioridades, nunca es tarde para aprender a escuchar nuestro instinto, y acallar de una vez nuestra parlanchina cabeza, nunca es tarde para querer poner algo de magia a nuestro día, para soltar las amarras de nuestra creatividad, y dejarse llevar. Nunca, pero nunca es tarde, para hacerle hueco a aquello que de verdad te apasiona.

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