Se acerca el verano…

Es una evidencia, ya no hay vuelta atrás, en menos de una semana, hordas de pequeños caminantes abandonaran los colegios y saldrán a las calles en forma de jauría de risas y gritos descontrolados. Se acabaron los horarios, se acabaron la rutina, los madrugones y el síndrome de padres taxistas, andando siempre con el coche petado de niños de una punta a otra de la ciudad. Por unos meses, no habrá más taekwondo, fútbol, baloncesto, logopeda, ni deberes que no salen o exámenes por estudiar. Se acabaron también los eternos cumpleaños en parques de bolas de amigos del cole, las manualidades que acabas haciendo tú, mientras tu hijo te mira, porque no quieres llevar un churro a clase y la paciencia se te agotó antes de empezar, en el momento es que escuchaste en la reunión del trimestre la palabra: “manualidad”. Se acabaron los disfraces, la fiesta de la primavera, de la fruta, de la paz, o de cualquier cosa susceptible de celebrar. Se acabaron los partidos del sábado, justo a esa hora en la que estarías tomándote el aperitivo en lugar de estar en unas gradas, con otros 10 padres indignados con un árbitro de 15 años, y se acabaron las conversaciones de padres a la salida y entrada al cole: “mi hijo esto”, “pues mi hijo aquello”, “lo mejor para la tos es…”, “lo que tienes que hacer es..”, “pues mi hijo come de todo”, “qué grande está tu hijo”, y un largo etc. Ya es oficial, se acerca el verano.

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Se acerca el verano y a mí me tiemblan las piernas tan sólo de pensarlo. Cualquiera que sea padre sabe que detrás de la fantástica foto en la playa, detrás del estado de wasap o las fotos subidas a facebook, irradiando felicidad estival en familia, detrás de las ansiadas vacaciones, hay mucho más…

Empezaremos la temporada con muchas ganas, como siempre, los comienzos siempre son muy buenos. Aparcaremos el reloj y, después de tantos meses, ya no habrá una hora para despertarse, ni habrán prisas para desayunar y vestirse. Tampoco habrá horarios, todo el día por delante para ir improvisando, sobre la marcha, lo que nos apetezca, ni obligaciones, adiós a los deberes, trabajos, actividades…nada, la única obligación será la de encontrar la mejor forma de divertirnos, todos. Volverá la playa, los juegos en la arena, los castillos, las risas saltando las olas, la búsqueda de cangrejos en las rocas, y las conchas para coleccionar. Volverá la piscina, las tardes de plazas y parques, los largos paseos nocturnos, el chiringuito de la playa, las cervecitas del aperitivo, y los tapeos de la noche. Todo eso y más volverá, y será fantástico, por un tiempo, pero sé de sobra que también volverán otras cosas…

Pasada la primera semana de adaptación a los nuevos ritmos, y tras el disfrute de la novedad de vivir sin horarios ni prisas, se empezará a instaurar en nuestro día a día una “rutina” diferente, un estrés causado justamente por la ausencia de horarios y obligaciones…y el agotamiento mental y físico por la presencia perenne de los niños 24 horas sobre 24 pronto empezará a pesar.

La emoción inicial de ir a la playa, pronto se convertirá en el pesado ritual de ir a la playa: negociaciones para echar el protector solar, preparación de almuerzos, toallas, negociaciones para no cargar con todos los juguetes de la casa y alguno más, cargar como un burro con todos los juguetes de la casa y alguno más porque te cansaste de discutir, llegar por fin a la arena, tres horas después de haber dicho: “vamos a la playa”, y disfrutar al fin de, aproximadamente, unos cinco minutos de brisa marina y baño refrescante, repartidos entre: “el tete me ha tirado arena”, “la hermana no nos deja jugar”, “me quiero meter sólo al agua”, “¿cuándo nos vamos a la piscina?”, “me aburro”, “no me gusta el almuerzo”, “¿cuándo nos vamos?”, “los manguitos me hacen daño”, “el tete me ha tirado agua”, “me aburro”, “¿cuándo nos vamos a la piscina?”, “me aburro”, “me aburro”, “me aburro”…Recoger todos los juguetes de la casa y alguno más, volver a cargar con todo, paso por la ducha y camino a la piscina, donde disfrutar de, aproximadamente, 0 minutos de tranquilidad, porque entre los 30 niños gritando y corriendo como locos, unos en la piscina de los mayores, la otra en la piscina de los bebés, y la naturaleza que sólo te ha dotado con dos ojos y un cerebro achicharrado por el sol y el cansancio, no puedes bajar la guardia ni un segundo, cosas de tener tres hijos…Después vuelta a casa, comida y un poquito de descanso… ¿o no?, ¿a qué niño del universo le interesa el aburrido ritual de echarse una siesta?, así que toca pegar cabezadas en el sofá, entre nuevas discusiones entre hermanos, y argucias varias para distraerlos aunque sea una horita a costa de tirar de pantallas…

Pero tranquilos, el verano también trae consigo las ansiadas cervecitas del chiringuito, a la hora del aperitivo o a la tarde, cuando el sol cae y el frescor nocturno deja respirar un poquito. Esa cervecita relajada, escuchando la brisa o el hit del verano, y charlando con otros adultos de cosas de adultos…¡ah, no! que no puedo tener una conversación de más de un minuto porque el mayor le ha pegado al mediano, o la pequeña tiene que hacer pis, o se ha tirado el zumo por encima, o tal vez se aburran porque hace cinco minutos que nos sentamos en ese aburrido chiringuito…

En fin, la verdad es que para ser francos, el verano con tres niños también traerá momentos maravillosos, esos instantes mágicos que aparecen en el momento más inesperado del día y te dan un chute de energía extra. Como ese momento en que la pequeña sale del agua y se acurruca entre tus brazos para que le des calorcito, y querrías que el tiempo se parara y seguir achuchándola un poco más,  o cuando descubres que tu hijo mayor se ha convertido de pronto en un experto nadador y lo miras orgullosa al darte cuenta del hombrecito en que se está convirtiendo, o cuando el mediano te ve cansada y viene a darte mimitos y a recibirlos.

Lo cierto es que en una semana empezaremos cada cual, nuestra particular aventura. Habrá quien tenga sólo un hijo y se lo tome con más calma, o quien tenga familia cerca siempre dispuesta a echar una mano o dar un respiro, o quien, por el contrario, trabaje todo el verano y tenga que hacer auténticas malabares para conseguir cuadrar todas las horas del día de sus hijos durante dos largos meses. Sea como sea, que cada cual afile su particular espada de acero valyrio para enfrentarse, como mejor pueda, a los pequeños caminantes, porque ahora sí, no hay vuelta atrás…se acerca el verano.

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