¡Maravillosos 40!

Llevo queriendo escribir esta entrada desde enero de este año, mes en el que cumplí la controvertida cifra, pero como el día no tiene 24 horas, y yo no he sabido gestionar bien mis prioridades, no he encontrado el momento para hacerlo…hasta hoy, y, bien visto, me alegro de que hayan pasado estos seis meses, porque creo que ahora puedo escribirla con más consciencia, reafirmándome en este sentimiento que hace tiempo intuía: “¡maravillosos 40!”.

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El tema de cumplir años nunca me ha preocupado, la verdad, ni siquiera cuando pasé de los veinte y tantos a los treinta y tantos, ni siquiera cuando sobrepasé los 35 y ya estaba más cerca de los 40 que de los 30. Esto es así hasta tal punto de que en muchas ocasiones he llegado a liarme con mi edad, me he puesto o quitado años alegremente, y hasta he necesitado pararme a hacer cuentas para saber la cifra exacta, ¡es por algo que soy de letras!. Únicamente recuerdo dos momentos en mi vida en que realmente he estado pendiente de  la edad.

El primero, cuando era una adolescente, y ansiaba fervientemente tener el carnet de conducir. Para alguien que vivía en un lugar donde hacía falta el coche para ir a cualquier parte, el carnet de conducir significaba mi llave a la libertad, así que yo anhelaba con ahínco cumplir los 19. Para el que no lo sepa, la edad mínima necesaria para poder conducir en España son los 18 años, al cumplir la mayoría de edad, pero después debes llevar en el coche, durante un año, una pegatina con una letra “L” mayúscula, que te identifica para el resto de conductores como un conductor novato. A mí me ponía de los nervios que todo el mundo supiera que era una pardilla al volante así que yo no quería cumplir los 18, yo lo que ansiaba era tener 19 años, mi carnet, y mi “L” quitada.

El segundo momento de mi vida en que anduve pendiente de la edad fue cuando empecé a ser consciente de que si quería ser madre, y ser madre de más de un hijo, la edad era un factor determinante a tener en cuenta. Nunca era el momento adecuado, ese momento perfecto que tenía en mi cabeza para darle a mis futuros vástagos la vida maravillosa que imaginaba, ese momento nunca llegaba, y los años se iban sucediendo sin alcanzar mi ansiada meta. Cuando al fin me quedé embarazada, en el momento más inoportuno, cuando más lejos me veía yo de ese supuesto momento ideal, todas mis preocupaciones acerca de la edad desaparecieron.

Con 31 años, me metí de lleno, y sin tener ni la más remota idea de lo que se me venía encima, en la crianza de uno, dos y, finalmente, tres hijos. Se me ocurre que para esto sí que tendría que existir una gigantesca “L” de novata: “¡cuidado, mamá en practicas!”, el problema es que nunca podrías quitártela, da igual los años que pasen, con cada etapa nueva y con cada hijo, tan distintos ellos como la noche y el día, sigues sintiéndote una auténtica pardilla. El caso es que, para cuando mi primer hijo rondaba los 2 añitos ya era yo consciente de que lo más duro de la crianza eran, al menos por ahora, los dos primeros años de vida. Cada nuevo día que pasaba mi bebé era un poco menos bebé, y yo empezaba a recuperar sueño, descanso, y pequeños atisbos de aquella independencia que algún día tuve, y, sobretodo, tiempo, ese tiempo para mí que tanto necesitaba. Pero si algo tenía claro es que quería tener más hijos, aún sabiendo de primera mano, ahora sí, lo que suponía, y con la pereza metida en el cuerpo de meterte otra vez en esa etapa tan absorbente y agotadora. De modo que, cuando apenas si habíamos disfrutado los primeros resquicios de libertad, volví a quedar embarazada, y vuelta a revivir todo. Como podéis imaginar, ir a por el tercero supuso una lucha interna aún mayor, y un millón de dudas entre dar el paso de nuevo o empezar a saborear las mieles de haber pasado el trabajo más duro. Con 36 años, mi cuerpo me empezó a enviar señales que yo conocía muy bien y supe que ya no había nada que decidir, sin lugar a dudas estaba de nuevo embarazada, de modo que, pasado el susto inicial de asimilar dónde me había metido, ¡otra vez!, me dejé envolver por la ilusión de volver a tener un bebé entre mis brazos.

Ya sólo era cuestión de echar cuentas, y hasta para una mujer de letras como yo quedaba claro que para cuando me acercara a los 40 años, se iba a ir atisbando en el horizonte una nueva etapa en mi vida, una etapa, a todas luces, dulce y sosegada. Después de ocho años encadenando tres embarazos horribles, seguidos de lactancias prolongadas hasta pasados los dos años, y bebés incapaces de dormir más de dos horas seguidas hasta casi los tres años, era fácil intuir que para cuando cumpliera los 40 años, con la más pequeña de la casa rondando ya los 3 años, tendría más tiempo, más descanso, más energía, más ganas, más independencia, y una dulce sensación del “trabajo” bien hecho, de haber logrado sobrevivir al trabajo más duro, duro y fascinante a la vez, de mi vida, y sintiendo en todo mi ser la enorme, maravillosa satisfacción de haber cumplido mi sueño de tener tres hijos, algo que tantas veces creí imposible, cuando el agotamiento extremo, la soledad de la crianza, y la pérdida de mi propia identidad, me hacían dudar de todo.

Sobrepasar la barrera de los 40 años ha supuesto para mí cruzar una puerta de entrada a una etapa nueva en mi vida, una etapa maravillosa llena de nuevas ilusiones y metas, de mil planes por cumplir, y unas ansias de crecer y aprender que nunca pensé desarrollaría justo ahora. Cuando llevas tantísimo tiempo totalmente absorbida por el cuidado de tus hijos, poniéndote siempre en el último lugar de tus prioridades, dejándote para después…te pierdes en ti misma y te vuelves una absoluta desconocida, dejas de saber quién es esa mujer cuya imagen te devuelve el espejo, y olvidas las cosas que te definían, preguntándote si siguen siendo las mismas que definían a aquella mujer de 30 años que vivía y se debía a sí misma. De modo que para cuando tus días empiezan a regalarte,  poco a poco, minutos sólo para ti, minutos que se van transformando en horas, ese tiempo por tantos años tan fuertemente anhelado, se torna en una nueva oportunidad que te brinda la vida para redefinirte. Así que te vuelves a sentar frente al espejo, empiezas a mirarte con ese cariño que habías olvidado que te tenías, y le preguntas a esa mujer: “a ver, y ahora que ya no eres tan necesaria, ¿qué vas a hacer con tu tiempo?” Y al momento te ves imbuida por unas ganas nerviosas de hacer de todo y más. Al principio tratas de reprimir tus instintos, tienes muy presente tus obligaciones como madre y tu prioridad siguen siendo tus hijos, pero poco a poco, esa prioridad máxima va dejando hueco a otra prioridad, igual de importante. Y esa otra prioridad eres, sencillamente, tú.

Con 40 años ya tienes bien claro el valor del tiempo, y descubres que “perder el tiempo” en esas cosas que te apasionan, te divierten y resuenan en el fondo de tu alma, no es ninguna pérdida de tiempo, y que justo esas pasiones tan invaluables social o económicamente hablando, son las cosas que más valor dan a tu existencia, a tus días.

Con 40 años te das cuenta de que tienes que dejar de vivir para los demás y vivir más para ti, que las opiniones de los demás son sólo eso, opiniones, y que para sentirte plena y feliz has de escuchar sólo a tu corazón. Descubres también que llevas media vida desoyendo tus instintos, que dejaste de escuchar tu yo interior hace tanto tiempo que ni recuerdas ya lo que hay en el fondo de tu alma, y necesitas resetearte para dejar tu disco duro a cero, atesorando las lecciones que te dio la vida, pero desempolvando al mismo tiempo aquellas que sólo tu niña interior sabía escuchar con la atención que da la inocencia infantil.

Para mí los 40 años han supuesto el comienzo de una aventura en la que yo soy la protagonista, una aventura en la que cada día siento que escribo una nueva página en el camino que me lleva a mi nuevo yo, esta nueva mujer que estoy dibujando a mi gusto, abrazando los cambios con la ilusión de una niña, borrando lo que no me gusta sin ningún tipo de apego y aprendiendo cada día, creciendo, embriagada con el enorme abanico de posibilidades que la vida despliega frente a mi, ilusionada al saber que esto es sólo el comienzo de una nueva etapa maravillosa que la vida me ha regalado.

 

 

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