Esto va de partos. 1° parte: Mario.

Comienzo esta crónica de partos diciendo que, para ser justos, he de reconocer que soy una auténtica privilegiada. He tenido tres hijos, y los tres pudieron haber venido al mundo sin ningún tipo de intervención médica, es decir, que si en vez de la era en la que he nacido, hubiera tenido que parir en las cavernas, mis hijos habrían nacido exactamente igual. Desde el principio, los tres se colocaron cabeza abajo, y los tres partos fueron relativamente rápidos, naturales y sin ningún tipo de complicación. Dicho esto, cabría esperar que hubieran sido tres partos muy similares, tres bonitas experiencias, pero, nada más lejos de la realidad, cada parto fue totalmente distinto, y en  esto tuvieron muchísimo que ver las personas que me atendieron, grandes profesionales que amaban su trabajo en unos casos, y nefastos funcionarios en otros.

Empiezo hoy por relatar el primero, al que, si tuviera que poner un nombre, titularía:

“Mi estancia en el Hospital Sombrío”.

Cap. 1° “Trabajo en Obstetricia, pero no tengo ni idea de usar un monitor.”

La historia comienza en la sala de Urgencias de un hospital cuando, después de llevar todo el día con contracciones, desde la madrugada anterior, llegamos sobre las 20h de la tarde, con los lógicos nervios de un primer parto, debatiéndome entre la ilusión de tener a mi bebé, y el  inmenso miedo de no saber qué me esperaba…¡ay, si lo hubiera sabido! ¡seguro que me habría vuelto a parir a casa!. El hospital era un edificio antiquísimo en el que no habían invertido un euro desde que lo construyeron, de hecho, ya sólo funcionaba en él la planta de ginecología, obstetricia y maternidad, debido a la construcción de un nuevo hospital que estaba pronto a inaugurarse. Es llamativo, ahora que lo pienso, que lo último que dejaran en aquel edificio horrendo, fueran las “cosas de las mujeres”, dice mucho de donde nos colocaba la Sanidad en su escala de valores. En fin, el caso es que el hospital era digno de una película de terror, con plantas enteras cerradas y a oscuras, mala iluminación, habitaciones y baños viejos, y ese olor a humedad que lo impregnaba todo. Ahora pienso que todo ese ambiente influía en las personas que allí trabajaban, así como el hecho de saber que el hospital cerraría en breve, porque el trato que me dispensaron la gran mayoría, fue también un poco de película de terror.

Nada más llegar, me llevaron sola (las parejas no podían acompañarnos) a la sala de monitores, y allí estuve por media hora hasta que vino una enfermera a ver cómo iba. Yo tenía contracciones cada cinco minutos, muy dolorosas ya, y sólo ansiaba que me confirmaran lo obvio, que estaba de parto, para que todo pasara lo más rápido posible. Así que, cuando vino la enfermera (bueno, desconozco si enfermera o auxiliar) y me dijo que no tenía contracciones, creí que me moría, ¿cómo que no tenía contracciones? ¿entonces que se supone que estaba sintiendo? Le dije que no podía ser, que las sentía cada cinco minutos, de hecho, me dio otra mientras hablaba. Y ella, mirando el aparato, como si yo no estuviera ahí, se limitó a decir: “pues aquí no sale nada”. Yo ya estaba cayendo en una desesperación absoluta cuando llegó otra enfermera, miró el aparato, me ajustó las cintas de la barriga, volvió a mirar el aparato, y le dijo a su compañera: “estaba mal puesto”, y se fueron las dos sin decirme nada, como si no fuera conmigo la cosa, ni una disculpa, ni una explicación. Y allí seguí, otra media hora, hasta que me confirmaron lo que yo ya sabía sin que ningún aparato tuviera que decírmelo, que estaba de parto.

Cap. 2°. “Soñaba con ser veterinaria pero acabé de ginecóloga.”

La segunda parada en mi particular “hospital de los horrores” fue la consulta con la ginecóloga, una señora “encantadora”, nótese el modo irónico, con la que tuve una experiencia única e irrepetible. Me confirmó nuevamente que estaba de parto y que me iban a subir a planta (“¿subir a planta?” pensé yo, que no concebía que todo fuera tan lento con el dolor que sentía ya, y teniendo en cuenta que llevaba desde la madrugada anterior con contracciones), pero antes me coloqué en la camilla para que vieran cuánto había dilatado. Y entonces ocurrió, ese momento “maravilloso” del que os he hablado. La ginecóloga, con sus dedos dentro de mi vagina, me dijo: “te voy a hacer una maldad”, y yo pensé: “¿en serio?”, y apenas me dio tiempo a esbozar una sonrisa, pensando, ingenua de mí, que estaba de broma, cuando sentí sus dedos urgando dentro de mí con fuerza, revolviendo mis interiores. Di un respingo de dolor en la camilla, y ella dijo: “ya está”, mientras expulsaba el tapón mucoso gracias a su “cariñosa” intervención. Me contuve las ganas de llorar, al dolor de las contracciones ahora tenía que sumar el dolor de mi vagina. Desconozco si esta es una práctica habitual, y si tan siquiera es necesaria, la verdad es que no me he documentado sobre ello porque son recuerdos desagradables que prefiero enterrar, pero, en el caso de que fuera necesario, desde luego se podría haber practicado con más empatía, explicando lo que iba a hacerme y por qué, y preparándome para lo que iba a sentir, no urgándome como si fuera una vaca que va a parir en el corral. No me gusta desear mal a nadie, pero cuando me acuerdo de esta mujer, me cuesta mucho no visualizarla recibiendo un trato igual de “cariñoso y atento”, el día que ella sea la paciente en lugar de la doctora.

Cap. 3°. “Un poco de calma antes de la tempestad”

Al fin me subieron a planta y puede reencontrarme con mi pareja, y desahogarme un poco contándole lo “bien” que me habían tratado. Me puse la desagradable bata típica de los hospitales, y guardé mis cosas. Al poco llegó una enfermera a ponerme la vía, y le pregunté con ojos suplicantes cuándo me iban a bajar a paritorios, me dijo que siguiera contando las contracciones, y que cuando las tuviera cada 3 minutos la avisara, que aún era muy pronto. No sé cuánto tiempo pasamos en planta, las horas se detuvieron entre visitas familiares y recuento de contracciones…mi pareja las contaba, yo las sentía, cada vez más seguidas y dolorosas. Dos visitas más de la enfermera hicieron falta para que consintiera al fin en bajarme a paritorios, mientras no cejaba en su empeño de convencerme para que no me pusiera la epidural, crispándome aún más los nervios por no respetar mi decisión personal. Y al fin, vinieron a buscarme para llevarme a paritorios, y de nuevo me separaron de mi pareja, en el momento que más la necesitaba a mi lado, maldito modo de proceder absurdo y obsoleto.

Cap. 4º. “La hora más larga.”

Lo que pasó a continuación podría definirlo cómo el peor trato que he recibido en mi vida, justo en el momento que más vulnerable me sentía, y cuando me encontraba con  menos recursos para defenderme y hacer valer mis derechos.

Me llevaron a una sala, donde me tumbé en una camilla a la espera del anestesista para que me pusiera, al fin, la ansiada epidural. Yo para entonces ya soportaba unos dolores muy intensos, y tenía que hacer verdaderos esfuerzos para no llorar cada vez que me venía una nueva contracción, cada vez más seguida de la anterior. Aquello no pareció preocupar en exceso a las enfermeras, que sin mirar siquiera cuánto había dilatado, me dejaron sola, a la espera del anestesista. Los minutos se sucedían y yo me retorcía en la camilla mirando la puerta desesperadamente. Sólo ansiaba ver aparecer a alguien, si no al anestesista, al menos una enfermera, alguien que me confirmara que no se habían olvidado de mí. Ya llevaba media hora allí, y no soportaba más el dolor, y la sensación de abandono, así que empecé a llamar: “¿hay alguien?, por favor, que me pongan ya la epidural”, y cómo nadie parecía escucharme subí el tono de voz: “¡la epidural por favor!”, y entonces vino la respuesta, una respuesta gentil, empática y amable: me dieron un portazo. De un sonoro portazo, alguien que no alcancé a ver, cerró la puerta de la sala, silenciándome, y dado que el dolor no me permitía levantarme para verle y exigirle a la cara, al menos, un poco de respeto y educación, me quedé allí sola, suplicando para mis adentros que no se hubieran olvidado de mí y tuviera que dar a luz yo sóla.

Pasó otra media hora, ya llevaba una hora allí sola, la hora más larga de mi vida, cuando al fin se abrió la puerta. Entró una enfermera y detrás de ella el anestesista, “¡por fin!” pensé con gran alivio, pero el dolor me impedía si quiera hablar. El anestesista, un hombre de edad avanzada, traía cara de pocos amigos, y con un tono seco, como quién tiene prisa por acabar una fastidiosa faena que le hubieran encomendado, me dijo: “siéntese en la camilla”, dando la orden como un superior hablaría a un soldado raso. Yo pensé para mí: “bueno, no me importa que no sea amable, con que me ponga la epidural de una vez…”. Aún así, sentí gran alivio al comprobar que la enfermera que le acompañaba, nada tenía que ver con aquel señor, pues con dulzura y amabilidad, me ayudó a incorporarme, se puso delante mía y me dio palabras de ánimo. Me explicó que iba a ser rápido, y que tenía que intentar estar lo más quieta posible, cosa harto complicada ya que las contracciones eran tan seguidas que yo me retorcía de dolor a cada segundo. El anestesista, ya a mi espalda, preparado para proceder, volvió a emitir una orden, con idéntica “simpatía”: “estese quieta”, pero justo en ese momento me llegó otra contracción y no pude evitar retorcerme de dolor. Y de pronto, sucedió, aquel señor, por llamarlo de alguna forma, bramó con indignación, como si la parturienta que tuviera delante fuera una niña a la que echar una reprimenda: “mira lo que te digo, ¡cómo no te estés quieta me largo y no te pongo la epidural!”

No sabría decir cuántas veces, recordando ese momento, he fantaseado con lo que tendría que haberle respondido a aquel energúmeno. Con la tranquilidad que da ver las cosas en la distancia,  se me han ocurrido después cientos de respuestas perfectamente argumentadas, respuestas inteligentes pero calmadas que lo humillarían, cómo él pretendió hacer conmigo. Pero, eso ha sido después, en ese momento, por suerte para él, y retorciéndome de dolor como estaba, mi única respuesta fue echarme llorar, convirtiéndome un poco en la niña a la que acababa de reprimir. Una vez más acudió en mi rescate aquella enfermera, ese ser maravilloso que es la única persona con la que me encontré en aquel hospital que de verdad amaba su trabajo. Me miró a los ojos, y me hizo un gesto con la cara como diciendo: “tú ni caso”, puso sus manos en mis muslos y volvió a infundirme ánimo: “venga, que tú puedes, lo estás haciendo muy bien”, e imbuida por el cariño que me transmitía, logré quedarme quieta el tiempo suficiente para que el aquel desgraciado hiciera su trabajo y se marchara, sin emitir un sólo comentario más.

Si a la ginecóloga que me auscultó le deseé que la trataran igual de mal cuando fuera paciente en lugar de doctora, a este anestesista lo que le deseé fervientemente es que dejara de ejercer su profesión, porque nadie merece ser tratado con semejante falta de respeto y consideración como me trató a mí. Por suerte, dada la edad que parecía tener cuando se cruzó en mi vida, ya estará jubilado y habrá dejado de martirizar a pacientes en sus horas más vulnerables.

Cap. 5º. “¡Soy mamá!”

Tan pronto cómo salió el anestesista por la puerta entró, ¡por fin! mi pareja. La epidural me hizo efecto rápidamente y enseguida empecé a dejar de sentir las dolorosas contracciones. Por fin llegó la calma, después de aquella hora horrible, y al tiempo que el dolor se disipaba, fui recuperando el nerviosismo y la enorme emoción por lo que iba a suceder. Mi ángel-enfemera, me auscultó y comprobó asombrada que estaba de 10 centímetros, y que ya se dejaba ver la cabeza del bebé, “¡ahora entiendo por qué te quejabas tanto!” exclamó, validando mi dolor después de que me hubieran tratado como a un floja primeriza que se quejaba exageradamente, “¡está aquí ya!” añadió.

Todo lo que siguió a continuación fueron los momentos más dulces de aquella experiencia, y los que siempre intento recordar cuando pienso en aquel mágico día en que me convertí en mamá por primera vez, tratando de enterrar las malas experiencias  y dando por válida aquella frase tantas veces oída de boca de las madres: “se te olvida todo cuando te ponen a tu bebé encima”. Con todo he de decir que difiero de esa frase, porque no, no se te olvida todo, yo recuerdo perfectamente todo lo ocurrió ese día, el momento inolvidable en que mi hijo nació, pero también las previas horas turbias. Y esa otra idea de que todo merece la pena por tener a tu bebé pues depende; si es un sufrimiento inevitable estoy de acuerdo, volvería a pasarlo todo y más mil veces por tener a mi hijo, a mis tres hijos, por supuesto. Pero la vida me demostró, con mi segundo hijo, cómo podía haber sido aquel parto, cómo debió haber sido, y aprendí, tarde, que debía haber sido una experiencia maravillosa de principio a fin, si hubiera dado con las personas adecuadas, personas que amaran su trabajo y trataran al paciente cómo les gustaría que las trataran a sí mismas. Así fue con mi segundo hijo, pero volvamos al primero, donde aún tuve que soportar una última mala praxis…sin yo saberlo.

La epidural llegó a su máximo efecto enseguida porque en cuestión de minutos dejé de sentir dolor, y cada nueva contracción era sólo una leve sensación de cintura para abajo. Mi pareja y yo nos mirábamos nerviosos, expectantes ante lo que ocurriría a continuación. Y por fin llegó el momento, nos llevaron a otra sola donde estaba el matrón con otra enfermera, recuerdo que me llamó la atención que fuera un chico, pero parecía alegre y amable y me gustó que fuera joven…sobre todo después de mi encuentro con el anestesista. Me subieron a aquel potro horrible que por años se ha usado en paritorios, donde te sientes tan expuesta y vulnerable, y por unos minutos reinó un silencio sepulcral mientras la enfermera y el matrón preparaban todo; yo podía sentir los nervios de mi pareja y los míos en el ambiente. El matrón se lavó las manos, se colocó unos guantes de latex y vino con tranquilidad hacia nosotros, se puso delante mío, y dijo sonriendo: “esto va a ser rápido”. Después me indicó que empujara cuando él me lo pidiera, y con un: “vamos allá” dio el pistoletazo de salida al nacimiento de mi bebé. Un par de empujones después, mi amable matrón hizo algo que yo, en ese momento, desconocía fuera una mala praxis, totalmente desaconsejada. Me dijo: “te voy a ayudar un poco”, y colocándose a un lado mío se apoyó sobre mi barriga, empujándola con mucha fuerza con sus antebrazos, ante el asombro de mi pareja y mío. No fue hasta mucho tiempo después que me enteré de que esa práctica, usada por muchos años, tiene un nombre: “maniobra de Kristeller”, y que su uso está desaconsejado, pues se dice que podría provocar rotura uterina, fracturas en el bebé e incluso daño cerebral. En fin, en ese momento no tuve tiempo de pensar si aquello era correcto o no, sólo confiaba en aquel joven que tan amablemente nos trataba después de esa noche horrorosa.

Ya sólo restó un último empujón, el matrón se volvió hacia nosotros y nos preguntó: “¿queréis ver a vuestro hijo?”, “¡sí!” le respondimos emocionados, y apenas habíamos terminado de pronunciar las palabras cuando puso a aquel diminuto y frágil bebé sobre mi pecho. Imposible describir con palabras ese momento, es algo más grande que tú, el milagro de la vida del que te sientes partícipe sin alcanzar siquiera a comprender…hacía sólo un segundo que esa pequeña personita se movía dentro de mi, y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, estaba ahí, encima mía, inundándome de un amor inmenso que no sabía que existiera, e invadiendo cada poro de mi ser de un deseo irrefrenable de cuidarlo y protegerlo. No hay nada igual, y siempre daré gracias a la vida por haber podido revivir ese momento dos veces más.

20190325_085014

Continuará…

 

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