Y yo…¿seré una mala madre?

¿Seré una mala madre? Pero no una mala madre de esas malas malas de verdad, de las que descuidan a sus hijos o no les dan el amor que merecen. Me refiero más bien a que si hubiera un ranking de “madres normales”, yo en qué puesto estaría. No estaría en el 10, obviamente, no creo que nadie alcanzara ese puesto ya que nadie es perfecto, y tampoco yo aspiro a alcanzar la perfección, pero sí me esfuerzo bastante en todo lo que hago, siempre lo he hecho, así que imaginad cuánto me esfuerzo en la tarea más importante y visceral de toda mi vida. Cuando era estudiante se me daban super bien los exámenes, era de las que estudiaba a conciencia y sacaba buenas notas, así que me imagino en un super examen de maternidad, de los finales, de los que hay que currárselo mucho para sacar buena nota, y los examinadores, los que evalúan, son los hijos, y me imagino a mis hijos sentados en una sala con otros hijos comentando el examen. Y mi hijo mayor, que toma la palabra y dice: “pues mi madre, yo a mi madre le pongo un 6, ¡nunca me ha llevado a Disneyland!” y un sonoro “oooohhh” de asombro y desaprobación recorre la sala.

No pienso que sea una mala madre por no haber llevado aún a mis hijos a Disneyland, pero en esta labor de la maternidad parece que nada es nunca suficiente. Es como si, haga lo que haga, no pudiera evitar tener siempre la sensación de que podría haber hecho más, muchísimo más. Y haga lo que haga, no hay día en que no tenga algún momento de remordimiento por algo que no estuvo bien hecho, algo que dejé de hacer, o algo que no hice el tiempo suficiente. Es una pequeña locura que me acompaña siempre, no es algo impuesto por nadie, ni por la sociedad, ni siquiera por mis propios hijos, es un ansia de perfección que me autoimpongo a mí misma, como si en mi cabeza me dijera constantemente: “no, aquí no puedes fallar, esto es lo más importante que vas a hacer en tu puta vida, así que, sí o sí, hazlo bien, déjate la piel y el alma pero esto te tiene que salir redondo…”, lo dicho, un nivel de autoexigencia de locos.

Yo lucho constantemente conmigo misma por no sentirme mal por cosas, que, vistas en perspectiva, y aún siendo mejorables, tampoco están tan mal, pero es como si no pudiera evitar sentir por dentro una desazón por no haber hecho todo lo que estaba en mi mano hacer. Y claro, siempre siempre se puede hacer más. Se puede estar una hora más en el parque cuando subes a casa porque “ya está bien”, o se puede bajar el parque cuando les dijiste: “esta tarde estoy muy cansada”, también pudiste jugar con ellos en vez de ponerles dibujos para que te dejarán un rato de paz, y pudiste hacer el esfuerzo de leerles ese último cuento cuando los párpados se te caían de sueño o simplemente querías que se durmieran ya para ver un ratito de tele, ¡ah!, y desde luego, también pudiste volver a contar hasta 10 cuando perdiste la paciencia y les gritaste otra vez.

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La lista es infinita. Pero la cosa se pone aún más difícil cuando buscas tiempo para ti, para tus amigos o para tu pareja. Sabes objetivamente que necesitas ese tiempo sin tus hijos, que es bueno, saludable y necesario, y que además, en la práctica, te hacen ser mejor madre, ¡incluso es bueno para ellos!, y, me confieso, sin esos escasos raticos creo que sí acabaría loca. Y puestos a confesar, he de admitir que cuando me quedo por fin sola, siento una felicidad absoluta, ¡nunca en mi vida eché tanto en falta la soledad!, podría decir que me siento hasta nerviosa y excitada, como una quinceañera a la que por fin dejaran salir de fiesta, y lo que haga con ese preciado tiempo realmente poco importa, mi nivel de exigencia para disfrutar de esos instantes sóla o en compañía es bajísimo, sea lo que sea lo que haga,  saboreo esos instantes de independencia como el preso que saliera de permiso por primera vez en mucho tiempo. Pero, aunque dije antes que sentía una felicidad absoluta, no es cierto. A ratos, no puedo evitar acordarme de mis hijos, y sentir una especie de melancolía por no estar con ellos, mezclada con una pizca de remordimiento por sentirme tan bien sin ellos, la madre loca que me habita me dice que no está bien ansiar estar sin ellos, aunque mi cabeza le grite que sí está bien, para ver si logra acallarla y dejarme gozar de nuevo. El peor momento del día es, sin duda, cuando llega la noche, y recuerdo que no estaré con ellos para darles un beso de buenas noches y arroparlos, ahí la madre loca resurge con fuerza susurrándome: “¿ha merecido la pena, mala madre?”, y hasta me hace dudar, pero en el fondo sé que sí, que mereció la pena, ¡y mucho!, pero también comprendo que puede que a partir de ahora, y no sé si el resto de mi vida, mis ratos sin ellos serán así, una mezcla extraña entre saborear la tan ansiada independencia y libertad, y al mismo tiempo sentir la punzante añoranza de su presencia.

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