Y la vida me regaló una niña.

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Cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, o mejor dicho, antes incluso de estar embarazada, cuando empezamos a buscar el embarazo, yo tenía clarísimo cuál deseaba que fuera el sexo de mi futuro bebé: lo que siempre había deseado era un niño.

La semilla de este sentimiento viene en gran parte por la relación que tenía, y tengo, con mi madre, y la que ésta tenía a su vez con la suya. Crecí escuchando a mi madre quejándose de la mala relación con su madre, mi abuela, y presenciando sus frías conversaciones telefónicas y sus besos secos en las mejillas cuando se veían después de muchísimos meses, la mayoría de las veces años. Mi madre siempre se quejaba del poco amor que siempre le profesó mi abuela, prefiriendo, según ella, a sus tres hermanos varones, y sintiéndose en el papel de “chacha” en ese hogar profundamente machista. Poco sabía yo de esa realidad que tanto marcó su relación durante toda su vida, yo sólo sentía una profunda tristeza por esa carencia que arrastraba mi madre, y al tiempo me sentía afortunada por la buena relación que nosotras sí manteníamos…pero esa buena relación llegó pronto a su fin con la adolescencia, y nunca más se recuperó. Con el tiempo fue creciendo en mí una especie de miedo irracional a repetir la historia, como si se tratase de una maldición familiar insalvable.

Por otro lado, yo nunca he sido una mujer demasiado coqueta. No me considero especialmente femenina, no suelo maquillarme demasiado, y mi forma de vestir es más bien cómoda y práctica, así que, cuando me visualizaba a mí misma como madre, me gustaba la imagen de un puñado de chicos correteando a mi alrededor, con su aire de brutos y asalvajados, y consideraba que a mí no me pegaba nada una niña vestida de rosa y con lazitos, de hecho, si al final tenía una niña, sabía que en mi casa no entrarían ni el rosa ni los lazitos…¡qué equivocada estaba! ¡la vida te da muchos “zascas”!

Imaginad mi alegría cuando me quedé embarazada por primera vez y supe que era un niño, ¡el destino parecía ponerse de mi parte! y volvió a ponerse por segunda vez cuando en mi segundo embarazo se repitió el diagnóstico, porque, para disgusto de los defensores a ultranza de “la parejita”, yo lo que anhelaba era otro niño. Pero para cuando mis hijos tenían 2 y 5 años, y nos planteábamos si cometer la “locura” de ir a por el tercero o actuar con sensatez y quedarnos quietecitos, mi actitud con respecto al tema empezó a cambiar.

Después de tanto tiempo criando a dos pequeños hombrecitos, empecé a darme cuenta que podría ser que no supiera nunca lo que era tener una hija y de pronto, me descubrí a mí misma sintiendo una cierta melancolía por todas las cosas que me iba a perder. Yo solita pasé de un miedo irracional a un supuesto futuro muy muy lejano, en el cual tendría una nefasta relación con mi hija, a soñar con un supuesto futuro muy muy lejano, en el cual tendría una maravillosa relación con mi única hija. Para cuando estaba embarazada por tercera vez, ya no podía evitar imaginar todas las tópicas situaciones entre madre e hija, y me visualizaba a mi misma yendo de compras, hablando de chicos, o asesorando a mi niña sobre temas de mujeres y nuestras “locas” hormonas. Cuando nuestra ginecóloga nos anunció que, sin lugar a dudas, era una niña, no pude evitar que se me saltaran las lágrimas, dándome cuenta en ese instante hasta qué punto anhelaba esa niña sin ser yo consciente de ello.

La niña ya tiene 3 añitos y desde bien pequeña es tremendamente coqueta y presumida, le encanta el rosa, los unicornios y los lazos…¡no sé a quién carajo habrá salido! y a mí me derrite el corazón cada vez que me suelta su nueva ocurrencia de que ella y yo somos el equipo de las chicas. No tengo ni idea de cómo será ese futuro lejano, ni tampoco me importa, lo que sí sé es que nuestra pequeña mujercita era la chispa que esta familia necesitaba. Cada vez que la miro me siento tremendamente afortunada porque, finalmente, y en extremis, llegara la niña. Ahora tengo un armario lleno de ropa de color rosa, una habitación plagada de bebés, princesas y unicornios, y una colección de lazos desproporcionada para esa pequeña cabecita. El destino no se dejó ni un sólo tópico con respecto a las niñas, la mía va completita, y me dio una importante lección: a veces lo que al principio menos deseas, es justamente lo que más necesitas, ¡y cuánto necesitábamos a esta pequeña mujercita correteando por casa!

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