Niños endiosados: adolescentes dictadores.

El otro día bajé con los niños a la piscina y presencié una escena que me hizo reflexionar:

Este año han habilitado junto a la piscina una pequeña zona con césped artificial, donde han instalado 3 sombrillas fijas de madera y cañizo, y unas 5 ó 6 hamacas. En una comunidad formada por dos edificios de 12 plantas ya podéis imaginar cuán cotizadas están las hamacas, de modo que, o vas a determinadas horas en las que no hay nadie en la piscina, o viene siendo bastante complicado conseguir hacerte con una de ellas. Esa mañana los niños no querían ir a la playa, y como yo también estaba bastante cansada, bajamos directamente a la piscina, nada más abrir. Fuimos los primeros en llegar, de modo que todas las sombrillas y hamacas estaban disponibles, cogimos una, nos instalamos debajo de una sombrilla y pasamos por la ducha antes de darnos un buen chapuzón disfrutando de toda la piscina para nosotros solos. Al poco rato llegó una madre con sus dos hijos, una niña de unos 5 años y un niño de unos 7 u 8. Me llamó la atención la ropa que llevaban porque no parecía un look muy de baño, pero tampoco le dí mayor importancia, cada cuál se arregla como quiere para bajar a la piscina…enseguida entendí su vestimenta, no iban a bañarse, iban a “reservar” un sitio en la zona de cesped. Estupefacta observé como cogían una hamaca, la colocaban bajo una sombrilla, y ponían una bolsa y una toalla encima, para después marcharse por donde habían venido. Siempre me ha sorprendido la gente que se levanta temprano y carga con su sombrilla hasta la playa para reservar su sitio en primera línea y luego se marcha para regresar a las dos horas, pero reservar una hamaca en la piscina, eso sí que nunca lo había visto: he de decir que no me parece bien ni una cosa ni, aún menos, la otra.

Al poco empezó a venir más gente, y claro, respetaban ese sitio supuestamente ocupado. La señora regresó, ya con look piscinero, a la media hora, “al menos no ha tardado dos horas en volver” pensé yo, y ya continué observándola, ¡el aburrimiento te vuelve muy maruja! Me llamó la atención que cargaba con un enorme flotador de unicornio de esos que están tan de moda este verano…claramente no había leído las normas de la piscina donde se especifica la prohibición de entrar con flotadores, no es una norma para fastidiar a los niños, tiene su origen en la gran cantidad de vecinos que deben compartir el uso de la piscina. Tampoco debió leer que es obligatoria la ducha antes del baño porque los tres se lanzaron a la piscina con su enorme flotador sin más miramientos, corroborando mi teoría, formada en mis horas de piscina, de que cuando una persona incumple una norma las incumple todas. Los niños, ensimismados en su juego, casi arrollan a una señora, y ésta indico a la madre, educadamente, que no estaban permitidos los flotadores. “¡Ah, no lo sabía!” contestó, “es lo que tiene no leer las normas” pensé yo, y mientras decía a sus hijos: “venirse que esta piscina no es como la nuestra, aquí no se puede estar con el flotador”, se los llevó a la piscina de los niños pequeños, donde estaba yo con mis hijos. Un par de miradas de desaprobación cuando casi arrollan a mi niña de 3 años bastaron para que por fin entrara en razón y se llevara el flotador junto a su hamaca. De nuevo repitió bien alto, como si quisiera que todos la escuchásemos, que “es que esa piscina no era como la suya”, y yo pensé: “y si tienes una piscina donde haces lo que quieres para qué te vienes a esta…” En fin, el remate de su particular visita a la piscina fue cuando llamó a sus hijos para echarles protector solar porque, según decía, aún no les había echado, ¿pensaría acaso que sólo a partir de la primera hora de exposición solar es necesaria protección? y después se lanzaron inmediatamente al agua, tal vez porque también pensaba que la crema es absorbida por el cuerpo en medio segundo…creo que se veía el rastro aceitoso que dejaban los niños en el agua desde el doceavo piso.

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Para entonces, el karma, que es muy vengativo él, ya se regocijaba pensando en la que le tenía preparada a la buena señora…No pasó mucho tiempo hasta que irrumpieron en la piscina una pandilla de quinceañeros, como 10, dando patadas a una pelota y con “preciosa” música reggaetonera  en el móvil. La casualidad, o el karma, quiso que fueran a colocarse justo al lado de la buena mujer, prácticamente la rodearon, porque la pandilla ya había enviando a su avanzadilla en forma de tres chicas que estaban tumbadas, casualmente, en las hamacas que había junto a ella. Como un pequeño tsunami irrumpieron en la zona de césped, acabando en medio segundo con la calma reinante, con su música, sus sonoras carcajadas y sus pases de pelota. En ese momento, todo sea dicho, me compadecí de la mujer, porque yo también soy madre, y no pude evitar verme reflejada en su cara de agobio. Ir sola con dos niños es un arduo trabajo, y que, justo cuando has logrado que los  niños se te relajen jugando en el césped y tú te tumbas al fin en la hamaca, haga su aparición estelar la cuadrilla reggaetón…es, como poco, desmoralizador.

Para ser honestos he de decir que tampoco es que tuvieran la música excesivamente alta, pero si lo que deseas es escuchar música, hablar a gritos, y jugar partidillos de fútbol, no creo que el lugar más apropiado para hacerlo sea una piscina comunitaria, de ambiente familiar. La mujer les pidió que bajaran la música, ni caso le hicieron, y ya fue la gota que colmó el vaso, recogió sus cosas y se fue, para regocijo de la pandilla que se pudo hacer con otra hamaca… Cada vez que veo estos comportamientos de la juventud no puedo evitar hablar como una señora mayor, y decirme a mí misma: “en mis tiempos teníamos una cosa que ahora  no tienen: respeto”. Y es que es la verdad, en mi época no se me hubiera ocurrido irrumpir en la piscina comunitaria como si entrara en mi club social, ni colocarme junto a señoras con niños con la música puesta y dando balonazos, y seguramente, mi móvil con su música, de haberlo tenido, habría acabado en el fondo de la piscina…

El caso es que allí me quedé yo sola con la pandilla, y mientras los observaba, analizando su comportamiento como un científico que trabajara para un documental, pensaba en esa madre y en todo lo que había ocurrido. Me imaginé a la mujer comentando con su familia lo sucedido, y mostrando su indignación por la falta de respeto y consideración de aquellos chavales. Seguramente sentiría rabia, y algo de desconcierto por lo mal que estamos educando a nuestros hijos…pero ¿sería capaz ella de hacer algo de autocrítica? ¿se pararía a pensar si se había comportado de modo ejemplar en la piscina? porque sí, puede ser que su irrupción  no fuera tan escandalosa, evindetemente no apareció con música estridente ni dando gritos y balonazos, y es posible que reservar una hamaca, no ducharse o dejar un rastro aceitoso de protector en el agua sea menos molesto (aunque no diré lo mismo del unicornio arrollando a todo el que se cruzaba en su camino), pero, en mi opinión, comparando ambos comportamientos, el suyo me parece más censurable.

Primero, por la diferencia de edad, no podemos siquiera comparar la madurez de una mujer de ¿35, 40? años, con una chavalería de 15 años, con las hormonas explosionando en su cuerpos pensando por ellos y, arropados por el grupo; seguramente cualquiera de ellos se habría comportado muy distinto de haber acudido por separado a la piscina. Aunque no lo parezca, ¡yo también tuve 15 años! (hace como mil años…) y aún recuerdo esa excitación nerviosa y asalvajada y ese ímpetu por querer agradar al grupo.

Segundo, y más importante, eres madre, y todos tus comportamientos son el ejemplo del que se nutren tus hijos, y tus hijos, algún día crecerán, y también serán adolescentes. Los padres tenemos derecho a equivocarnos, ¡yo lo hago constantemente! pero si enseñamos a nuestros hijos que las normas no tienen ningún valor, que el derecho a usar algo, público o privado, lleva emparejado el derecho a usarlo sin ningún tipo de limitación, si les transmitimos que tienen todos los derechos y ninguna obligación ¿qué clase de adultos estamos construyendo? ¿futuros dictadores? yo creo que más bien futuros infelices, cargados de frustración, incapaces de tolerar el más mínimo revés de la vida y sin un resquicio de resiliencia. Esos niños algún día serán adolescentes, e irán con su pandilla a la piscina, y puede que lo más amable que hagan sea escuchar música y dar pelotazos a un balón, ¡a saber cuál será su comportamiento cuando se las ha inculcado que no hay ningún límite!. Esos niños endiosados, se convertirán un día en adolescentes dictadores, y hoy me pregunto en qué clase de personas adultas se convertirán después.

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