Mi soledad y yo.

Se suele decir que no se sabe lo que se tiene hasta que se pierde. En mi adolescencia pasé mucho tiempo en soledad, demasiado. Vivíamos en una casa aislada que distaba de las primeras casas del pueblo como 1 kilómetro y medio, y como 12 kilómetros del pueblo al que acudía al instituto. No es demasiada distancia, si tienes coche, pero es una distancia suficientemente insalvable para recorrer andando o en bicicleta por carreteras secundarias. El caso es que, salvo por las mañanas en el instituto, al cual me acercaba y del que me recogía mi madre en coche, el resto del tiempo solía pasarlo en mi habitación: mi refugio, mi feudo. Tuve muchos momentos de sentirme muy sola, y sólo yo sé cuantísimas veces anhelé quedar con las amigas, callejear, ir a sus casas y ellas a la mía…cosas normales de la edad, cuando tus obligaciones de estudiante te dan margen para tener mucho tiempo libre…pero, he de reconocer, que también pasé momentos buenísimos.

No sé si nací con este carácter reservado o me volví así por las circunstancias, pero, echando la vista atrás, cuando recuerdo las horas pasadas en el acogedor espacio de mi refugio, no tengo un agrio recuerdo, más bien al contrario. Me encantaba llegar de clase, y cerrar la puerta de mi habitación donde tenía mi mundo, mis reglas, donde organizaba mi tiempo y me regodeaba organizando mis cosas, siempre encontraba algo que hacer, a creatividad e imaginación no había quien me ganara.

En especial, hubo dos actividades que fueron una constante para mí en aquellos años, a las que siempre volvía, y para las que siempre encontraba un hueco. La primera de ellas, la escritura: no había día en que no encontrara tiempo para escribir, al menos, una página en mi diario, aunque ello supusiera robarle una horita de sueño a mi cuerpo. La segunda, la pintura: siempre andaba con algún dibujo o cuadro a la mitad, en mi rincón de arte repleto de oleos, lienzos y libretas. Pero si no estaba con inspiración, siempre encontraba alguna otra actividad, más o menos banal, en la que ocupar mi tiempo.

Ahora las recuerdo todas y cada una de ellas con gran cariño, y no puedo evitar sonreír condescendiente al pensar que, en su momento, me parecían una perdida de tiempo, porque siempre fuí excesivamente responsable, y sentía que debía estar estudiando, o aprovechando mi tiempo en cosas más “productivas”, sólo hoy sé cuán productivas eran en realidad para mí. Esos instantes en soledad, donde explotaba mi imaginación y mi creatividad al máximo, donde el tiempo se detenía y no había pasado ni futuro, sólo el aquí y el ahora, no había preocupaciones ni pensamientos más allá de lo que estaba haciendo en ese momento, mi mente y mi cuerpo unidas en una cosa cuyo único fin era el placer y la satisfacción que me aportaban…¿no es algo que se acerca bastante a lo que ahora está tan de moda, el llamado mindfulness? pues sin leer una palabra sobre ello, creo que todos sabíamos practicarlo en la adolescencia, ¿por qué lo olvidamos al hacernos mayores? Lo que me resulta más curioso es que cuando pienso en las cosas que hacía entonces, tengo la certeza de que ahora, 25 años después, volvería a disfrutar haciéndolas, todas y cada una de ellas.

Cosas tan “tontas” como pasar la tarde recortando fotos de una revista y decorando mis libretas, o llenando de posters mi habitación, o tan “absurdas” como escuchar la misma canción mil veces para escribir la letra (entonces no existía Internet para buscar las letras de las canciones) y aprendérmela de memoria. También había mucho tiempo para leer, ¡cuántos libros devoraba! y para grabar casetes de música con mis canciones favoritas, grabadas de la manera más “cutre”, directamente de la radio, con alguna frase del locutor que se colaba y sin los segundos iniciales y finales de la canción.

Esa soledad, que tantos momentos satisfactorios me dio, y al mismo tiempo tanto repudié, es la misma que ahora echo tantísimo de menos. Si me hubieran dicho entonces que algún día anhelaría con tanto ahínco estar, simplemente, en soledad, no lo habría creído. Recuerdo que después de nacer mi primer hijo, me preguntaba por qué nadie me había advertido nunca de que durmiera hasta hartarme, porque después pasaría muchísimo tiempo hasta que pudiera volver a dormir, igual sí me lo advirtieron pero no hice caso, seguramente pensé que era una exageración, desbordada como estaba por la emoción de ser madre. Ahora, después de 8 años y medio durmiendo poco y mal, he recuperado al fin, con algún altibajo, el descanso nocturno. Ahora, lo que más echo de menos, es esa soledad de mi juventud, y si pudiera volver atrás le diría a mí yo del pasado: ¡disfruta tu soledad! ¡exprímela! no tengas prisa que la compañía ya llegará. Le diría que viajara ¡nunca he viajado sola! ¿por qué no lo he hecho? lo que diera ahora por hacer un viaje yo sóla, ¡cómo lo disfrutaría!

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Ahora paso los días intentando arañar momentos de soledad, me levanto la primera, me acuesto tarde por más cansada que esté, necesito la quietud, el silencio, necesito poder escuchar mis propios pensamientos, a veces tengo la sensación de que no consigo ni pensar con claridad porque siempre estoy rodeada de tres pequeños que parlotean sin cesar, siempre hay alguna trifulca que arbitrar, siempre hay gritos, y sí, ya sé que los niños gritan, que es lo que tiene tener tres niños felices y activos, pero a veces sólo quiero un poco de silencio, un poco de espacio donde sólo habitemos mi soledad y yo.

 

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