Cuando la tristeza asoma…

A veces tienes ganas de llorar, y no hay un por qué. No ha pasado nada que te haya llevado a ese estado, no hay ningún problema más allá de los rutinarios de cada día, ninguna perdida, ninguna disputa, ninguna enfermedad, nada.

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Es sólo que te sientes muy triste y no sabes por qué, y este no conocer la causa te hace fustigarte, te enfadas contigo misma porque te resulta incomprensible este estado, así, de repente, sin venir a cuento, y te dices: “¡pero bueno! ¿y ahora me vienes con esto?”, revisas el calendario, a ver si es que andas en “esos días” tontos del mes y te entristeces aún más al ver que no, que no es esa la causa de tu desánimo, y que sigues sin una explicación. “¿Y la luna?¿Será la luna?”, casi estamos en luna llena, será. No te convence mucho la explicación pero de momento es la única que tienes, así que te aferras a ella y decides dejar de buscar la causa para centrarte en cómo afrontar tu ánimo.

No te gustas así, te enfadas contigo misma, odias estar así, quieres estar bien, enérgica, optimista, fuerte, y alegre, como tú sientes que eres en realidad, como te gusta presentarte ante el mundo, como aspiras a ser…y deseas de corazón que este nubarrón pase pronto. Así que haces repaso mental de la medidas que podrías tomar para subirte el ánimo y recuperar a esa mujer llena de vitalidad que se esconde dentro de ti, y se te ocurren muchas buenas ideas: escuchar música alegre, quedar con amigos, irte de compras, tener sexo….la lista es larga, pero no haces ninguna de esas cosas.

En realidad lo único que tu cuerpo te pide no es otra cosa que regodearte en tu tristeza, lo que sientes que de veras necesitas es meter el dedo bien fuerte en tu propia  llaga y seguir saboreando tu propia pena. Así que lo que más deseas es estar sola, para que ninguna distracción te saque de ese estado, para no tener la obligación de aparentar estar bien, para no empapelar la pena con pensamientos triviales que la arrinconen haciéndote creer que ha desaparecido, para reaparecer con más fuerza a la mínima oportunidad. Y te descubres a ti misma avivando el fuego de tu tristeza en lugar de apagarlo, te apetece escuchar canciones tristes, ver una película dramática, recordar penas de antaño, repasar las carencias de tu ser, cualquier cosa que haga surgir el llanto con fuerza, y dejarlo fluir desbocado, como si acabaras de sufrir la mayor pérdida de tu vida, y llorar, llorar el tiempo que sea necesario para aligerar el enorme peso que oprime tu pecho, y reconocerte así, perdida, rota, triste, porque esa mujer también eres tú, esa mujer socialmente incorrecta, que no gusta, que no inspira, que echa a la gente de su lado, esa mujer tan absoluta y desastrosamente imperfecta también eres tú, y sin esa parte oscura de tu ser que, de cuando en cuando, se asoma a tu vida, no podría existir la otra, la fuerte, la alegre, porque no hay sol sin luna, no hay luz si no hay oscuridad, y la mujer que sale al mundo pletórica de energía, voluntad y fuerza, también necesita de esa otra mujer que se esconde a llorar sin un motivo, sin fuerzas para mirar afuera, saboreando su pena, regodeándose en su tristeza.

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