El huracán de sentimientos del destete.

En la maternidad no existen las medias tintas, aquí no hay un poquito de tristeza, o una chispa de amor, o quizá cuarto y mitad de frustración, o medio gramo de orgullo para el día de hoy. Aquí todas la emociones son apasionadas, exultantes, viscerales, es tu cuerpo, tus entrañas, tus hormonas, tu corazón. Así que no, aquí no hay medias tintas, y si hablamos de algo tan íntimo, tan de carne, cuerpo y alma como tus pechos alimentando y amando a ese pedacito de tu corazón que es tu hijo…toda nueva etapa es brutalmente sentida y vivida muy dentro de ti.

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Cuando desteté a mis dos primeros hijos, empujada y acelerada la decisión, en ambos casos, por un nuevo embarazo, no tuve un espacio ni un tiempo para vivir toda esta nueva etapa. Las nauseas constantes me impedían sentir ni pensar en nada que no fuera “que pase ya este embarazo”, al tiempo que la inminente llegada de un nuevo bebé me hacía concentrar los posibles anhelos por el bebé que quedaba atrás en esa nueva lactancia que, muy probablemente, sería también largamente prolongada.

Así que, cuando llegó el momento de destetar a mi pequeña, mi último bebé, viví toda esta etapa de un modo que nunca antes había sentido, sin dejarme ninguna emoción para después, todas arremolinándose sobre mí, sin dejarme respirar a ratos, haciéndome llorar desconsoladamente unos días,  y reír a carcajadas otros.

La decisión de destetar a tu bebé no llega de un día para otro, no hay un “clic” en tu cabeza que te hace decir de pronto “ya está, hasta aquí hemos llegado”, ni tampoco es una decisión que tomes de manera unilateral y tu bebé acepte calmadamente. En una lactancia prolongada, como la mía, junto con los momentos íntimos y maravillosos que vives, se van acumulando otras muchas vivencias menos placenteras, que van haciendo mella, poquito a poco, como gotitas de agua cayendo en una roca, mermando tus ganas y fuerzas para seguir prolongando esta etapa, aunque sepas que jamás la volverás a vivir.

La lactancia es el contacto más intimo y personal que jamás tendrás con tu hijo. Es sentir tus pechos llenarse y reclamar su boquita con sólo oírlo, mirarlo, olerlo. Es sentir tu energía amorosa queriendo arroparlo, y trasmitirle este amor a través de tu carne, tu piel, tu leche. Tu cuerpo y el suyo unidos de nuevo, sintiendo latidos, respiración, olores, casi como si volviera a habitar tus entrañas, pero pudiendo verlo, enamorándote más y más de él a cada segundo.

Pero la lactancia no es sólo eso, y junto con sus luces, también acarrea sus sombras, esas que nos da miedo confesar, no sea que al decirlas en voz alta, o sólo pensarlas, nos hicieran ser menos madres, como si reconocerlas mermaran el amor por nuestros hijos.

La lactancia significa el fin de la soledad, la desaparición de un tiempo y un espacio sólo para ti, tu bebé te necesita a ti y sólo a ti, nadie puede sustituir a tus pechos, su alimento y su consuelo. Es cierto que al principio no necesitas de ese espacio y tiempo, de hecho es justo al contrario, sólo separarte un instante de tu bebé te acarrea desazón y tristeza, como si sintieras que te falta una parte del cuerpo, vital para respirar. Pero con el correr de los meses, y conforme tu bebé se va separando de ti de forma natural, cuando van llegando papillas y tomas cada vez más espaciadas, empiezas a saborear de nuevo pequeños resquicios de aquella independencia que un día tuviste, y empiezas a necesitarla, cada vez un poquito más, de forma gradual.

Otra pequeña sombra que enturbia la lactancia es que lactancia es igual a cuidar tu cuerpo minuciosamente, ya que es el responsable de alimentar a tu hijo. Esto está bien, es magnifico también para ti, obviamente redunda en tu salud y bienestar, pero todos necesitamos bajar la guardia, y cuando llevas media vida de adulto saboreando las mieles del alcohol, cada vez echas más de menos maridar tu cena con un buen vino, o tomar esa gloriosa cervecita a la hora del aperitivo…pero teta es igual a “0” alcohol y ese “0” va pesando después de tanto tiempo de abstención.

Por último, destacaría la sombra más oscura que para mí ha tenido la lactancia: el sueño, o mejor dicho, la ausencia de él. Aunque hagas colecho, y te saques la teta medio en sueños para calmar a tu demandante bebé, dormir despertando cada hora o dos horas no es descanso, y afecta a tu persona y a tu vida de una forma abrumadora. En mi caso, el tema del sueño ha sido con diferencia la parte más dura de la crianza de todas las que he tenido que sobrellevar hasta ahora, será porque mis tres hijos han dormido muy mal, despertando cada dos horas hasta pasados los dos años de edad, y necesitando a su madre y a sus tetas inexcusablemente.

Y es así, que todas estas sombras de la lactancia se van cerniendo sobre ti como pequeños nubarrones, encapotando el cielo soleado de esta maravillosa etapa, y haciendo germinar en tu cuerpo el deseo cada vez mayor de ponerle punto y final. El problema es que estas nubes no ocultan el sol para tu bebé, y él, que ya va teniendo poco de bebé, lo último que desea es decirle adiós a sus tetitas, esas que tanto le nutren y consuelan, poniéndote la barrera más grande de todas para conseguir superar esta etapa: su rotunda oposición.

Entonces empieza una etapa de indecisión y frustración por no poder equilibrar lo que tu cuerpo necesita con lo que necesita tu bebé, y empiezan los altibajos,  la postergación de un destete que necesitas cada vez más, la desesperación por no poder lograr el descanso que cuerpo y mente te piden. Cada mañana al levantarte, después de otros mil despertares nocturnos, tomas la firme decisión en forzar el final ese mismo día, aunque sea a costa de “algunas lágrimas”, pero al llegar la noche vuelves a aplazarlo un poquito más y esperar a que tu hijo esté preparado, porque no soportas su carita de absoluta tristeza, sus lagrimas, y su dulce vocecita llamándote. Y así, en esta lucha interna contigo misma, van pasando los meses, hasta que te das cuenta de que puede que pasen otros tantos meses más hasta que tu hijo esté realmente preparado, y que anímicamente te es imposible alargar más la situación.

Y es en este momento cuando comienza tu pequeño calvario, un transito entre mil emociones encontradas, haciendo acopio de la mayor de las voluntades para hacer caer la balanza del lado de tus necesidades, desoyendo tus propias entrañas que te siguen pidiendo no negar a tu hijo la más intensa y visceral forma de darle amor que conocéis. Cada nuevo llanto, cada nueva llamada a gritos reclamando su teta, se te clava en el corazón como un dardo, y tu cuerpo, que no escucha a tu cabeza reclamando descanso, responde a esa llamada necesitando dolorosamente volver a ponerlo a tu teta. En esos momentos de crisis te sientes la peor de las madres, un ser egoísta que no es capaz de sacar sus pechos una vez más, y esperar los meses que sean necesarios para que tu bebé esté totalmente preparado, y lloras, lloras mucho, porque en el fondo sabes que no puedes más, que si has tomado la decisión de destetarlo es porque estás absolutamente desbordada por el cansancio físico y mental que conlleva. Entonces, por fin pasa la tormenta, y tu hijo vuelve a su calma, olvidada ya la imperiosa necesidad de lactar, y te reconfortas sabiendo que has logrado dar un pasito más, y lloras de nuevo, esta vez por la emoción de haberlo logrado.

Con el correr de los días, las crisis se van espaciando, y su duración también es más corta, tu bebé se acostumbra muchísimo antes de lo que esperabas a la nueva situación, y entonces, apenas saboreas la satisfacción del gran logro consumado, te asalta una nostalgia enorme porque sabes que se acerca el final, ese final que tanto tiempo llevas anhelando, pero que te da vértigo sentir tan cerca, porque adorabas todos esas maravillosas sensaciones e intimidad única que vivíais los dos. En tu cuerpo habitan esos días dos mujeres totalmente encontradas: la madre entregada que anhela volver a poner a su pequeño al pecho y se descubre a sí misma deseando desesperadamente que vuelva a pedírsela, y la mujer liberada, extasiada con la sensación de volver a reencontrarse, de recuperar ese tiempo y espacio que dejó atrás hace tantísimo.

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Al final, en esta batalla de anhelos encontrados va ganando terreno la mujer libre. Su bebé, contra todo pronóstico, se lo va poniendo mucho más fácil de lo que cabía esperar, pronto deja de pedir la teta, y en tan sólo unas semanas la olvidará para siempre, provocando en mamá una punzante melancolía que la acompañará por muchos meses. Por suerte, esta tranquila melancolía irá adornada de gozosos momentos que harán recordar a la mujer libre cuantísimas cosas había dejado atrás.

La mujer libre, esa nueva mamá, se descubrirá riendo a carcajadas cuando descubra que su bebé, por el sólo hecho de dejar la teta, pasa de despertares nocturnos cada dos horas a dormir a pierna suelta toda la noche, ¡sólo por dejar la teta!, esa de la que tanto dependía para volver a dormirse entre sueños ligeros. Se descubrirá extasiada de placer cuando cierre la puerta de su habitación y se tumbe en su enorme cama vacía, totalmente sola, sin un bebé reclamando su cuerpo bien pegadito, y llorará de gozo cuando despierte después de haber dormido más de 6 horas seguidas. Por el día se sentirá más despierta, más activa, más alegre, y entenderá que no era tristeza lo que venía arrastrando desde hace meses sino un cansancio largamente acumulado. ¿Y esa primera copa de vino? ¡cómo sabe esa primera copa de vino! manjar de diosas, placer intenso en el paladar y un saltarse las lágrimas al brindar por esa etapa que nunca más volverá, pero que viviste intensamente y siempre, siempre, recordarás en lo más profundo de tu corazón.

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