Dos noches sin vosotros.

Faltan justo 48 horas para que me separe de mis hijos más de lo que lo he hecho en toda mi vida. El lunes a esta misma hora, cuando los deje en el colegio y me despida de ellos como todos los días, cuando suba al coche y mire a la parte de atrás para ver los asientos vacíos y, como siempre hago, respire hondo pensando “¡qué paz!”, será el pistoletazo de salida para iniciar nuestra primera escapada sin ellos.

Puede parecer un asunto trivial, y más si detallo que nos vamos un lunes por la mañana para regresar el miércoles al mediodía, más si aclaro que estaremos a tan sólo 3 horas de coche, y aún más si explico que estarán en casa de la abuela, donde ya tienen por costumbre quedarse a dormir una noche por semana o cada dos semanas. Pero para nosotros, y especialmente para mí, es un acontecimiento trascendental por varias razones…

Mi primer hijo nació en el año 2.010. Ese día dejamos de ser sólo dos para convertirnos en un trío, un trío que no se separó para dormir hasta que no hubo más remedio, 3 años después.
Año 2.013, nace mi segundo hijo, y su hermano mayor tiene que dormir en casa de la abuela por primera vez en su vida durante dos largas noches, mis noches de ingreso hospitalario. Así que la primera vez que pasé una noche sin mi hijo fue para recibir a un nuevo bebé en la familia.
Ahora ya éramos un cuarteto, y aunque con el segundo hijo no esperamos a un nuevo parto que nos empujara a dejarlo dormir fuera de casa, sí que pasaron dos años y medio, momento en que pude destetarlo. Pero para entonces yo ya estaba con los malestares de un nuevo embarazo, así que las escasas ocasiones en que se iban a dormir fuera no eran muy disfrutadas.
Año 2.016, nace la pequeña, y con ella de nuevo vuelta a esperar otros dos años y medio para recuperar la soledad nocturna…

La lactancia prolongada, el colecho y mi fuerte apego con ellos han sido los responsables de esta larga espera, así que, casi 9 años después de que empezara esta aventura, mi pareja y yo vamos a hacer una escapada SOLOS, ¡9 largos años!, se dice pronto, así que para mí, sí, es todo un acontecimiento. Nunca han dormido fuera de casa más de una noche seguida, y nunca hemos estado a menos de 20 minutos de distancia de la casa de su abuela para acudir en caso necesario. No vamos a estar para hacerles el desayuno, llevarlos al cole, ayudarles con los deberes, llevarlos a las extraescolares…, pero sobre todo no vamos a estar, no voy a estar, para acostarlos, y esto es lo que más me trastorna, a mí, ¿y a ellos? No lo sé, obviamente no es lo mismo que estuvieran en su casa y yo no estuviera para acostarlos a que se vayan a casa de la abuela donde yo nunca estoy a la hora de dormir. El caso es que, siempre que los dejo a dormir, cuando llega la noche, si coincide que estoy en casa y no hemos aprovechado la oportunidad para hacer una salida nocturna, me siento rara. Al pasar por delante de sus habitaciones, me asomo y veo las camitas vacías y me invade una tonta melancolía, no puedo evitarlo… Es una contradicción absoluta porque siempre estoy deseando dejarlos a dormir, para tener nuestros ratitos de pareja, que tanta falta hacen, o para tener tiempo para mí, y después, cuando lo hago, me siento rara, como si me faltara algo ¡locuras de nuestro corazón!

En esta ocasión no tendré la certeza de verlos en pocas horas, a la mañana siguiente, cuando acudo ansiosa por abrazarlos y a los cinco minutos de haberlos recogido pienso: “¡¿pero por qué tuve tanta prisa por venir a buscarlos?!”. En esta ocasión me tendré que acostumbrar a su ausencia por más horas de lo habitual, e intuyo que para mí va a ser toda una experiencia, no sé para ellos.

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Pero 9 años sin una escapada con tu pareja, sin una escapada sólo para los dos es demasiado tiempo. Cuando miro atrás y veo todo lo que hemos pasado, me parece una especie de sueño, de pesadilla a ratos, todo sea dicho. Y me siento orgullosa porque aquí seguimos, ¡lo logramos! me dan ganas de gritar, porque a pesar de lo poco que nos hemos atendido y dedicado el uno al otro, porque a pesar de que siempre había tres seres vulnerables que nos necesitaban más y más, aquí seguimos, ansiosos por recuperar tiempo y espacio, por dedicarnos, por una vez, sólo el uno al otro, y aunque estoy nerviosa por esos tres pedacitos de mi corazón que me dejo en tierra, sé que este viaje es el comienzo de una nueva etapa, un nuevo capítulo en nuestra historia juntos, y estoy deseando empezar a escribirlo…

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