Mi embarazo, mi báscula y yo.

20190801_163636Lo confieso: la relación que he tenido con la báscula a lo largo de mi vida se puede definir de cualquier forma menos cordial. Cuando eres una niña gorda, y digo gorda, no rellenita o gordita, lo único que ansías es un pequeño milagro que te estilice de pronto, y dejes de ser la niña gorda de clase, pero, hasta que ese día llega, pasas muchos momentos descorazonadores mirando tus pies subidos a ese invento del demonio que tanto le gusta martirizarte.

Por suerte, mis complejos no consiguieron que fuera una niña infeliz, la verdad que las preocupaciones por el peso las sentía sólo en soledad y puntualmente, y no recuerdo que los otros niños se metieran conmigo por estar gorda, pero sí recuerdo que soñaba a menudo con que llegaría un día en que conseguiría adelgazar, y me convertiría por fin en esa niña delgadita que yo sentía muy dentro de mí, quería ser esa niña mona y estilizada de los cuentos y la televisión…

Pasaron los años y llegué a la adolescencia, y al fin, tras pasar por mil intentos de deportes fallidos, di con mi particular sistema para adelgazar: pasar hambre. Obviamente, es un auténtico disparate, pero dado que era incapaz de ser constante con ninguna actividad física, intenté atajar el tema por el camino de la dieta. De cenar poco y acostarme con un poco de hambre pasé a reducir cada vez más la ingesta de alimentos, y llegué a cometer, ahora lo veo, auténticas burradas. Y de matarme de hambre para adelgazar, cosa que conseguí, pasé a comer poco y mal por otros motivos: la Universidad trajo consigo la alimentación nefasta de los pisos compartidos, y ello sumado a la actividad frenética de compaginar fiestas y salidas nocturnas con maratonianas jornadas de estudio intensivo, dio como resultado que apenas tenía tiempo para pensar en comer algo medianamente nutritivo.

Pasado el fulgor de la adolescencia, empecé a comprender que debía cuidar mi alimentación, aunque ello supusiera no mantener la ridícula talla 36, y llegué a un equilibrio entre no descuidarme, dada mi tendencia innata a engordar, pero tampoco martirizarme por tener una tripita que resurgía al menor descuido.

Y en esta madurez estaba cuando me quedé embarazada. Una de mis principales preocupaciones, junto con el  parto, era el peso: no quería que la niña gorda regresara, y sentía un miedo inmenso a la forma en que podría cambiar mi cuerpo, quizá para siempre, después del embarazo ¿y si cogía tanto peso que ya no era capaz de perderlo? ¿y si cambiaba mi metabolismo? y aunque me decía a mí misma que en ese momento lo más importante era que mi bebé naciera sano, y no la maldita línea, no podía evitar preocuparme por ello, dados mis antecedentes, y mi eterna lucha con mi cuerpo. De modo que, desde el momento en que supe de mi embarazo, me hice el firme propósito de cuidarme a muerte. Tenía que cuidarme más de lo que nunca lo había hecho, por mi bienestar y, sobretodo, el de mi futuro bebé, él merecía que pusiera toda mi fuerza de voluntad en ello. Así que, antes de que los primeros síntomas del embarazo hicieran su aparición, leí todo lo que encontré sobre la más adecuada alimentación en el embarazo, me apunté a pilates para embarazadas, y empecé a salir a caminar una hora al día para ir haciendo el hábito…¡qué poco duraron los buenos propósitos!

En menos de dos semanas las primeras molestias empezaron a aparecer, y conforme crecían las angustias y mareos, menguaban mi voluntad y firmeza con respecto a mis intenciones acerca de cuidarme. Me levantaba con náuseas y me acostaba con náuseas. Acidez, mareos, me sentía presa en un cuerpo que no me correspondía, una especie de resaca constante pero sin el recuerdo de la fiesta de la noche de antes. Y lo peor de todo, lo más paradójico, es que el único momento del día en que no sentía náuseas era cuando estaba comiendo. ¡Y cómo comía! Ni cuando me mataba de hambre en mi adolescencia había sentido un hambre tan absolutamente insaciable. Cada vez que me llevaba algo a la boca, y lo hacía muy a menudo créeme, lo devoraba como si llevara una semana sin comer…mi estómago se había convertido en un pozo sin fondo, y al mismo tiempo, la agradable sensación de dejar de sentir náuseas por unos minutos me hacían comer de una forma descontrolada. Supongo que igual podía haber devorado montañas de ensalada, fruta y verdura, y tal vez los daños colaterales habrían sido menores, pero mi cuerpo, que tan mal se encontraba, sólo me reclamaba altas dosis de hidratos de carbono y azúcares, y mi fuerza de voluntad se hallaba en paradero desconocido desde que yo había dejado de ser yo. La única que clamaba en el desierto era mi matrona, que me torturaba en cada visita con su vieja báscula y sus mil recomendaciones sobre alimentación saludable. Aún recuerdo la segunda visita a su consulta de la que salí sofocando las ganas de llorar…pasaba días tumbada en el sofá presa de ese cuerpo que no me daba una tregua ¿de dónde iba a sacar las fuerzas para llevar una dieta equilibrada? ¿cuántos kilos más cogería? y sobretodo ¿cómo podría perderlos después?

Al final, dejé de torturarme con todas estas preocupaciones, y aunque seguía temiendo la visita a mi matrona, cambié la vergüenza y los remordimientos por una actitud rebelde. ¿Por qué esa obsesión por el peso? ¿por qué no se preocupaba un poco más por cómo me sentía yo y menos por la báscula? y me mordía la lengua para no gritarle: “¡y a ti qué más te da lo gorda que me ponga! ¿tienes idea de cómo me siento?” La verdad que también ayudó mucho a menguar mi preocupación por el peso el hecho de que el embarazo, con náuseas incluidas, fuera tan bien. Mi bebé estaba bien, todos mis análisis salían bien, todo a la perfección, incluso la posición del pequeño cabeza abajo cuando aún faltaba bastante para la fecha de parto.

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25 kilos. 25 kilos cogí en mi primer embarazo. No era el plan establecido, no era el peso del bebé, la placenta y alguno más, como me había propuesto, no era el peso de una mujer que se cuida y no se deja por el simple hecho de que va a ser madre, no era el peso de una embarazada que iba a ir a Pilates y a caminar una hora al día…no, sólo era el peso de una mujer embarazada más. No digo aquí que no haya que cuidarse, por supuesto que una embarazada debe cuidarse, pero cuidarse no es obsesionarse por no ganar unos kilos de más o sentirse mal por no cumplir una determinada talla, cuidarse es entender que es una etapa en que tu cuerpo va a sufrir cambios brutales a los que responderá a su manera, porque cada cuerpo es único, y no marcarte más exigencias que la de tratar de sentirte bien y de ilusionarte con ese milagro que crece en tu interior.

Al final no sólo perdí los kilos de más, 6 meses después de dar a luz pesaba 5 kilos menos de antes de estar embarazada, y la verdad es que no hice nada por perderlos: la magia de la teta. Según parece la lactancia materna adelgaza, y a mí me funcionó no sólo con mi primer embarazo sino también con los otros dos…¡vaya si funcionó! Al final, nuevamente en mi vida, dediqué demasiados pensamientos y esfuerzos a algo tan trivial como el peso, a unos irreales cánones de belleza que no dejan respirar a la mujer ni siquiera estando embarazada. Quiero pensar que algún día la preocupación por el aspecto físico de la mujer pasará a ocupar el lugar que le corresponde, y en lo último que pensará una mujer al quedar embarazada será en no engordar más de un determinado peso, o en lograr salir del hospital como si realmente nunca hubiera estado embarazada.

 

 

 

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