La Navidad de mi niñez…

Cuando tienes hijos la Navidad cobra un significado totalmente nuevo. A la ilusión por comidas, regalos y encuentros con familiares y amigos se suma un ingrediente nuevo que sólo los niños pueden aportar: su inocencia, esa que lo impregna todo de una emoción y magia únicas. Hasta el más escéptico por estas fiestas recobra de un plumazo la ilusión y las ganas por alimentar esa magia, y reza para que esa inocencia perdure por muchos años. Lo maravilloso es que no sólo los padres se contagian de esta ilusión, los niños tienen el superpoder de propagar a toda la familia su cándida ilusión, nadie puede resistirse.

Otra cosa que te ocurre es que, sin darte cuenta, te sientes transportada a tu propia infancia y, sin proponértelo,  empiezas a rememorar tus navidades en el hogar familiar, cuando gozabas de aquella inocencia aún intacta y estabas dispuesta a creer  en la magia. En mi caso hubo poca magia en mi casa, nuestras navidades no se parecían mucho a las navidades de los niños de mi edad.

De aquellas Papá Noél no estaba tan extendido como ahora, y lo que casi todos los niños de mi edad recibían era la visita de los Reyes Magos. En mi caso, no recibía la visita ni de Papá Noél ni de los Reyes Magos. No es que no recibiera regalos, ya lo creo que los había, pero me los daban el día de Nochebuena como un obsequio de papá y mamá, ya que, aunque mis padres eran muy religiosos, preferían regalarnos en Nochebuena para que tuviéramos todas la vacaciones de Navidad por delante para disfrutar de los regalos. No es que en ese momento me sintiera decepcionada, una no se decepciona por algo que no conoce, fue después, con el correr de los años que me enteré que a los niños se les contaba que los Reyes Magos, esos que visitaron al niño Jesús al poco de nacer, venían desde el lejano oriente para repartir regalos a todos los niños del mundo, y que éstos desconocían que en realidad eran sus papás los que los compraban. No les reprocho que no supieran transmitirnos esa ilusión, supongo que como ellos de niños no la tuvieron tampoco supieron hacérnosla llegar, eran otros tiempos, pero ahora, viendo a mis hijos, pienso como habría sido acostarme nerviosa imaginando que un ser mágico entraría a hurtadillas en mi casa para dejarme regalos.

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Otra cosa que no hubo en mi infancia fueron reuniones familiares. Mis padres, por razones diversas que ni yo misma termino de entender, no se llevaban bien con sus respectivas familias, de modo que en nuestras Nochebuenas o comidas de Navidad no habían primos, ni tíos, ni abuelos, sólo papá, mamá y mi hermano. Tampoco entonces echaba en falta algo que no tenía, aunque conforme crecía me iba dando cuenta de que no habría estado mal crecer con un primo o una prima, sobretodo con las ganas que siempre arrastré de tener una hermana, o haber sabido lo que es disfrutar de un abuelo o una abuela, ya que de los míos apenas si conservo escasos recuerdos. Mi abuela materna se quedó ciega con 50 años, así que yo ya la conocí así, siempre sentada en su sofá, siempre triste, su única conversación era un monólogo interminable de penas que a mí me causaba mucho pesar. Por su parte, mi abuelo, creo que jamás se dirigió a nosotros demasiado, lo único que recuerdo de él es que, en algún momento del día nos llamaba, con ese gesto serio que a mí me causaba mucho respeto e incluso, diría yo, cierto temor, y nos entregaba nervioso un billete de 2.000 pesetas, que yo recogía muerta de vergüenza, sin saber qué hacer con él, mientras mi madre le reprendía por haberlo hecho y me lo cogía de las manos diciéndo: “yo te lo guardo”. Ahora, cuando veo ciertas aptitudes de mi madre hacia sus propios nietos, no puedo evitar encontrar muchas similitudes, veo a mi madre lamentándose de sus interminables penas, y no veo sino a mi abuela sentada en aquel antiguo sofá, veo a mi madre dándome dinero a escondidas, para que les compre cosas a sus nietos, y veo aquel mismo gesto de mi abuelo. No alcanza a entender que sus nietos no quieren más regalos, sino una abuela que les pregunte por sus cosas, que juegue con ellos, que los achuche a besos y abrazos hasta que ellos griten: “¡basta!”

Pero no sólo de mis carencias infantiles tengo recuerdos, recuerdo con cariño la comida de Navidad, cuando mi padre mataba uno de esos pavos enormes que habíamos alimentado en nuestro pequeño corral, encendíamos la chimenea y asábamos esa carne que sabía increíble. También recuerdo las pelotas de mi madre, los dulces, y los regalos, obvio, pero hay un momento que recuerdo con especial cariño de la cena de Nochebuena. Mi madre, aunque se esforzaba en preparar una cena especial ese día, a veces parecía más una obligación autoimpuesta que un disfrute, ya que no dejaba de lamentarse de cenar sólos, y de cómo esas fechas la entristecían porque lamentaba no juntarse con su familia y no tener una relación normal con ellos. Pero había un momento en que esa melancolía desaparecía, el único momento en todo el año en que yo vislumbraba en mi madre a una mujer totalmente diferente, una mujer que debía estar oculta muy dentro de ella pero a la que no dejaba salir. Después de cenar, mis padres abrían una botella de sidra espumosa y brindábamos por las fiestas los cuatro, a mi me encantaba ese momento, juntando las copas en el aire y deseando felicidad. La botella se quedaba siempre a más de la mitad, recuerdo que permanecía después por meses en el frigorífico hasta que mi madre se aburría de verla y la tiraba. Sólo dos copas se servían, la de mi padre y la de mi madre, pero para una mujer que jamás probaba una gota de alcohol, aquella única copa se le subía a la cabeza como si se hubiera servido la botella entera. De repente, yo ya esperaba espectante ese momento, le cambiaba la cara, una amplia sonrisa le cubría el rostro y empezaba a decir tonterías y a reírse divertida por todo. La risa se contagiaba a mi padre como la polvora y por un momento, parecían dos personas alegres y divertidas. Yo siempre intentaba convencerla para que se tomara otra copa, incluso mi padre, pero ella jamás claudicó, una copa era más que suficiente ya que no sabía manejar el verse en esa situación, no sabía perder el control, como me dijo ella misma una vez: “no sabía divertirse”, imagino que nunca la ensañaron, que nunca la dejaron, pero yo deseaba, y sigo deseando, ver más a menudo a esa mujer.

Ahora que soy madre, los miedos por mis propios recuerdos asoman, y lo que más temo en esta vida es que mis hijos puedan heredar alguna de estas carencias. No quiero que la mayor parte de sus recuerdos sean regalos y más regalos, porque yo soy la primera que me he dado cuenta que es mucho más fácil tirar de tarjeta que invertir tiempo y energía con ellos. Quiero que su familia abarque más allá de papá y mamá, que vean a sus tíos y abuelos todas las semanas, y a su única prima cuántas veces haga posible la distancia que nos separa. Quiero que sientan la magia, que crean en Papá Noél, en los Reyes Magos, y en todo lo que sea susceptible de creer el mayor tiempo posible, porque una vez se pierda esa inocencia nunca jamás volverá. Quiero que vivan la alegría de estos días, la decoración, las luces, la ciudad engalanada, los días especiales: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, el día de Reyes, quiero que nos sientan felices estos días, porque siempre hay y habrá problemas, ausencias, malentendidos, pero hay que trasmitir a los niños que poder juntarse con tus seres queridos, deseándose lo mejor los unos a los otros, es suficiente motivo para dejar en un cajón las cosas que no están del todo bien, y celebrar la vida, celebrar poder estar juntos otra Navidad más.

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