Lecciones de hijos: vivir el presente.

El sábado pasado mi hijo mayor tuvo partido de fútbol con su equipo. Es el segundo año que juega con este equipo y los chavales son pequeños y aún tienen mucho por aprender, y aunque le ponen muchísima ilusión, puede decirse que no se vislumbra ningún futuro Messi en el equipo, y los pobres sufren bastante derrotas. Con todo, el día se dio especialmente mal, los niños parecían no estar concentrados, las jugadas no salían, y el equipo rival les dio un buen repaso, no recuerdo la cifra exacta de goles que encajaron pues dejé de contar por el quinto gol, momento en que mi hijo, no soportando más la situación, empezó a llorar… es el portero.

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En ese momento yo habría atravesado el campo, habría abrazado y consolado a mi pequeño y me lo habría llevado a casa con la firme determinación de borrar de su cabeza la idea absurda de jugar al fútbol para siempre. Odié una vez más ese maldito deporte que tanto le gusta practicar, la competitividad, el afán por ganar, no veía por ningún lado los valores que se supone ha de transmitir la práctica de un deporte.

Para rematar mi nerviosismo, en un momento dado mi hijo se sentó en el suelo quejándose de dolor en un pie, y lo retiraron al banquillo; fue mi marido quien se acercó a verlo y me comunicó que, al parecer, le hacían daño los zapatos, al menos no se trataba de ninguna lesión.

Al fin terminó el maldito partido y pude acudir a consolar a mi hijo. Me sorprendió que no parecía estar apenado, más bien al contrario, salía hablando y riendo con sus compañeros de equipo, pero en cualquier caso yo seguía pensando cómo podría animarlo pues imaginaba que en el fondo estaría hecho polvo, dado que hacía sólo unos minutos que había estado llorando.

– Venga hijo, ahora nos vamos a comer por ahí para quitarnos la pena – le dije, suponiendo que no demostraría mucha ilusión.

– A mí ya se me ha quitado desde que he salido al banquillo – me contestó feliz.

Me quedé perpleja. Había dado por sentado que mi hijo, que es un niño especialmente sensible, habría estado echo polvo buena parte del día, triste y enfadado a la vez por la paliza que habían recibido, y que me costaría bastante lograr animarlo. En lugar de eso me encontré con la madurez de un hombrecito que había dejado de dar importancia a algo que para él ya formaba parte del pasado.

Mientras volvíamos en el coche, observándolo por el espejo retrovisor, me dio por pensar cómo habría reaccionado yo, a mis 40 años, ante una situación similar. ¿Cuánto tiempo habría pasado recordando lo sucedido? ¿horas, tal vez días? Seguramente habría revivido cada gol encajado, lamentándome por no haber hecho tal o cual movimiento, y habría visualizado otro resultado si hubiera actuado mejor. Me habría fustigado por mi torpeza, o me habría enfadado con ese compañero que no defendió bien, o con aquel otro que no marcó un gol tan claro. Y quién sabe si habría empezado a nacer en mí una decepción por ese deporte que tantas derrotas me estaba haciendo encajar, “¡qué necesidad tengo yo de pasarlo mal!” habría pensado seguramente, y habría colgado las botas para siempre. En lugar de eso, mi hijo tenía clarísimo que quería seguir jugando al fútbol, por más derrotas que encajara, y aunque le fastidiaba perder, como es lógico, no se recreaba en lamentaciones ni dilataba la tristeza más tiempo del estrictamente necesario.

Se supone que los padres hemos de enseñar a nuestros hijos a vivir, pero cuando eres madre te das cuenta de las auténticas lecciones de vida que los hijos enseñan a su vez a los padres, con su instinto, frescura e inocencia aún intactas. Mi hijo me recordó lo que significa vivir el presente, algo que con tanta naturalidad hacen los niños, y que los adultos vamos olvidando al crecer, cuando llenamos nuestra cabeza de pensamientos acerca del pasado o anhelos por un futuro que no sabemos si llegará.

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