“Poli malo, poli bueno”.

Antes de ser mamá siempre pensé que a mi me tocaría el papel de “poli malo”: la que marca los límites, la que pone orden sin dejarse ablandar, la estricta, la rigurosa capitana del barco que dirije con mano férrea y voluntad inquebrantable…así lo había vivido yo en mi infancia, mamá era la firme y rigurosa mujer de hierro, siempre fue “la jefa”, y papá, papá el que sabía mimarnos y dejarse embaucar por nuestras caritas y tiernas zalamerías. Y yo, yo sentía encajar a la perfección en el mismo papel, y pensaba con auténtica convicción que así sería. Era obvio que reunía los requisitos necesarios: carácter fuerte, poca paciencia y frialdad a la hora de mostrar mis sentimientos hacia los demás. El papel del “poli malo” era mío antes incluso de quedar embarazada…, y a mi pareja, por el contrario,  el papel de “poli bueno” le venía que ni pintado: él era el que, a diferencia de mí, siempre había tenido mano con los niños, el que enseguida jugaba con ellos, les hacía reír, sabía cómo tratarlos y siempre, siempre, se los ganaba.

Entonces me convertí en mamá y esa minúscula nueva vida me transformó totalmente, dando al traste en un segundo con todas mis ideas preconcebidas del tipo de mamá que sería. Cogió mi corazón y lo ablandó entre sus pequeñas manitas como el alfarero que somete un trozo de barro, y volatilizó en un segundo mi carácter fuerte, mi poca paciencia y mi incapacidad de demostrar afectos. Mi hijo, y sus hermanos después, me enseñaron la enorme fragilidad de mi supuesto inquebrantable carácter, derritiendo mis enojos con sólo una mirada, con sólo una sonrisa, con su sola existencia. Aprendí la infinita cantidad de paciencia que albergaba dentro de mí, como si toda la vida la hubiera estado guardando para volcarla en este momento, y sobretodo descubrí, con gran sorpresa, el maravilloso placer de acariciar, besar, abrazar, tocar, y demostrar amor sin palabras, piel con piel, y sentí que el mayor placer de la vida se encontraba justo ahí, rodeada de esos pequeños bracitos.

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Sin saber cómo, resulta que al final me tocó el papel de “poli bueno” desde el principio, y a papá, por descarte, un poquito el papel de “poli malo”, y aunque es verdad que los papeles se desdibujan y entremezclan por días, la mayor parte del tiempo mamá es “la que los mima demasiado”, y papá “el que es demasiado estricto”. Contra todo pronóstico, me tocó este lado de la balanza, supongo que así se logra el equilibrio, y a pesar de los conflictos que generan nuestras diferencias, confieso que me siento inmensamente feliz de haber resultado, finalmente, el “poli bueno” de nuestra particular película.

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