Cuarentena con tres niños.

Complicado.
La primera semana he de admitir que la llevamos de maravilla. Creo que los cuatro nos lo tomamos como unas pequeñas vacaciones, un respiro a las rígidos horarios de cole, extra-escolares, deberes…, siempre de un lado a otro a una hora determinada, siempre la misma rutina.

El primer lunes que desperté sin cole, sentí una pequeña punzada nostálgica por no poder coger mis zapatillas e irme a dar mi caminata mañanera, respirando el aire limpio, disfrutando el olor a pino y las vistas de monte y mar de los innumerables senderos que cercan mi ciudad, pero enseguida me expolsé esos pensamientos, y me ilusioné con la idea de hacer yo también algo diferente. Muchas veces me he preguntado cómo se las apañarían esas madres que decidían no escolarizar a sus hijos y educarlos en casa, ejerciendo de madres y profesoras a tiempo completo, pues bien, había llegado el momento de experimentarlo.

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Con la ilusión del “cole en casa” y la “mamá profesora” empezamos la semana. Como digo, una buena semana, por las mañanas nos levantabámos, desayunábamos y nos vestíamos para ir a la mesa del comedor, donde establecimos “el aula”, yo les ayudaba con los deberes, les explicaba, y así prácticamente se nos iba la mañana, comíamos, un rato de tablet, y las tardes se la pasaban jugando. Cómo ellos mismos decían, ahora tenían un montón de tiempo para jugar juntos, que antes, entre cole, extraescolares y partidos, no tenían.

Yo también llevé muy bien la primera semana, para mí también fue gratificante eliminar de un plumazo las rutinas y horarios, y disfruto explicándoles las tareas la verdad, incluso, contra todo pronóstico, hago más ejercicio que antes, porque aunque el senderismo se ha eliminado de un plumazo, lo cierto es que el tiempo parece haberse detenido, los días se han convertido en una sucesión interminable de horas sin rumbo fijo, así que es fácil encontrar una hora por la mañana y otra por la tarde para hacer algo  de ejercicio ¡benditas clases online!

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Para cuando llegó el segundo fin de semana de cuarentena, empecé a notar en mí los primeros estragos del encierro, del encierro con tres niños. A ratos me sentía totalmente irascible, mi paciencia con ellos agotándose, y me sobresaltaban las ganas de llorar sin motivo aparente, y unas ganas enormes de no volver a encender el televisor y de lanzar el móvil con sus tres millones de wasap por la ventana. Entre audios catastrofistas de supuestos médicos amigos de amigos, sugerencias para entretener a los niños como para 20 años de encierro, propuestas de las clases de mandar vídeos para que los crios se vean ¡si llevan sólo 7 días sin verse! no hay día que no amaneciera con 300 wasap por leer.

En cuanto a ellos, cada uno lo lleva a su manera, según su edad y su carácter.

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La pequeña, 3 añitos, lo lleva de maravilla, no echa de menos a sus amiguitos del cole, creo que no tuvo tiempo de hacer amigos la verdad, se pasa el día jugando, hablando ¡cómo habla tanto por Dios! le encanta el “cole en casa”, y su “seño Lila” (esa soy yo), a la que le pide trabajitos para hacer, aunque luego no hace ni caso de las indicaciones que le doy y hace lo que le viene en gana, pintarrajeando las hojas en medio segundo y pidiéndome más, para desesperación mía que veo agotarse la tinta de la impresora por momentos y no tengo posibilidad de comprar más. Tampoco echa de menos la calle, le sobra imaginación para no aburrirse ni un segundo del día, y cuánto más está conmigo parece que más quiere estar, todo el día se oye su vocecita: “mami”, y me persigue a todas partes donde voy, inventándose juegos en los que yo participo sin hacer nada, con mi sóla presencia, dándole la razón en todo lo que se inventa, no necesita más, con eso le basta.

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El mayor, 9 años, también lo lleva bien, aunque se agobia un poco con los mil millones de deberes que le mandan, por más que le digo que haga lo que pueda, y que se lo tome más como una distracción que como una obligación. Siempre ha sido muy responsable, demasiado, y le cuesta tomarse las cosas con calma. En cuanto a la situación, creo que es el único realmente consciente de lo que pasa, a veces se agobia cuando escucha cifras de muertos, y me pregunta por los datos en nuestra comunidad. Yo noto que está más sensible de lo normal, no esperaba menos porque es una persona especialmente sensible, me abraza mucho, abrazos larguísimos, y me busca para estar conmigo. Es el que más echa de menos a sus amigos, y el deporte, echa mucho de menos el deporte, el fútbol, los partidos…

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Mención aparte merece el mediano, 6 años, nuestro rubio revoltoso. Para un niño con un carácter complicado de por sí, esta situación nos está poniendo a prueba a todos. Ya el segundo lunes empezaron los problemas con los deberes, y eso que sus tareas se hacen en 10 minutos porque, a diferencia del hermano mayor, le mandan muy poquita cosa, un par de fichas al día de lectura y escritura, y algunas restas y sumas que no le cuesta nada hacer, cuando quiere. Las peleas con sus hermanos están a la orden del día, se va turnando, a ratos con la pequeña, a ratos con el mayor. Y se ha convertido en un experto en fastidiar planes “divertidos” en familia por la más mínima nimiedad, que si vemos una peli y se quiere poner en un determinado asiento del sofá, que si bailamos un rato con Just Dance y quiere seguir sólo él a un determinado personaje…la lista es larga, sus habituales estrategias para llamar la atención se han multiplicado ahora, no concibe no salirse con la suya, ¡cómo necesita hacer ejercicio y quemar energía! aunque yo ya sé que ni con esas, porque ese es su carácter, tan inconformista (que suena mejor que “tocapelotas”, como yo le digo…).

En fin, la verdad es que no me puedo quejar, hay tanta gente pasándolo tan mal, pero creo que cada uno llevamos nuestra parte, como mejor podemos, y creo, sinceramente, que todos nos merecemos un aplauso: los que están teniendo que trabajar, algunos más que en toda su vida, los que se están jugando literalmente la vida (ya todos sabemos de quienes hablo, nuestros ángeles médicos y enfermeros), y tantos otros que no pueden quedarse en casa y entran y salen con el miedo en el cuerpo de enfermar y contagiar a sus seres queridos. También los que están aguantando en casa estoicamente, unos totalmente solos, sintiéndose más solos que en toda su vida, otros con niños, ansiando justamente lo contrario, un poquito de soledad, y esos otros que al tiempo tienen que teletrabajar, y aquello que un día fue un sueño de “trabajar en casa”, se ha convertido en la pesadilla de intentar trabajar ejerciendo al tiempo de padres y profesores.

Por supuesto, no me olvido de los niños, los niños se merecen el mayor de los aplausos, porque están aguantando encerrados entre cuatro paredes sin entender demasiado bien lo que ocurre, escuchando a ratos cifras de muertos, soportando a padres más irascibles e impacientes de lo normal, o a padres asustados, con familiares enfermos, o a unos padres exhaustos e inusualmente ausentes. Porque cuando les has gritado de más, no los has entendido en su frustración o no has alcanzado a ver el porqué de su mal comportamiento, aún vienen a tí y, sin merecerlo, te curan el alma con un abrazo infinito, te colman de besos y te dicen “te quiero” con esa sinceridad pasmosa, llenándote de tanto amor como para aniquilar el menor atisbo de miedo o tristeza.

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