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Cómete a unos, protege a otros.

Cuando era niña, uno de los platos estrella de los domingos era la paella de conejo ¡me encantaba! Me encantaba comerla y me encantaba todo el ritual de preparación que conllevaba…

Me encantaba ver a mi madre cortando el conejo, lo compraba entero y lo cortaba ella en casa porque le gustaba hacerlo a su manera…¡y lo hacía muy bien! con rápidos movimientos aprendidos desde niña. A mí me gustaba admirar su destreza, con la pequeña hacha cayendo implacable, aún puedo oír el sonido del golpe contra la tabla de madera. Después calentaba el aceite en la paellera, y freía los trozos, y aquel olor empezaba a inundar la casa. Yo ya permanecía cerca, acechando, porque mi madre siempre me reservaba uno de los riñones para dármelo recién hecho.

Hubo un tiempo, antes de mudarnos de pueblo, en que mi madre no compraba el conejo en la carnicería, sino que iba a recogerlo vivo a casa de mi abuelo.

La casa de mi abuelo tenía un patio trasero semicubierto, en el que criaba conejos. Los tenía en jaulas, apiladas en estantes colocados en filas uno sobre otro, pequeñas jaulas donde apenas podían moverse…Mi madre elegía uno, y mi abuelo lo sacaba con destreza, cogiéndolo del pescuezo, le ataba las patas traseras con una cuerda y lo metía en un saco de tela que entregaba a mi madre. A mí aquello me parecía toda una aventura, ¡qué emocionante era escuchar los movimientos del conejo dentro del saco en el coche!. Al llegar a casa, mi madre ya tenía en el patio preparado un gancho del que colgar al condenado, de la cuerda que sujetaba sus patas traseras, y ahí quedaba con la cabeza boca abajo, esperando sin saberlo, el momento de su ejecución. De la matanza me voy a ahorrar los detalles, pero he de decir que habré visto a mi madre hacerlo mil veces, no puedo negar, que me encantaba hacerlo, me parecía una especie de ritual fascinante.

Mirando atrás, ahora me doy cuenta que jamás vi a aquel conejo como un animal, como un ser lleno de vida peleando por conservarla. Yo, la niña que adoraba a los animales, que se pasaba el día jugando con perros y gatos, que quería adoptar incluso a los grillos del campo y les preparó una casita preciosa en la que vivir, la misma niña que imploró llorando a su padre que no cazara gorriones con su escopeta, y le obligó a guardarla en un rincón olvidado para siempre…esa misma niña, jamás sintió ni un ápice de compasión por esos conejos apretados en aquellas jaulas sin luz, y jamás tuvo que apartar la vista cuando el cuchillo hizo su trabajo…Para mí el conejo era sólo comida, un producto ya desde el mismo momento de su nacimiento, una vida sin derecho a ser vivida.

Ahora, cuando tengo momentos de bajón, cuando me topo con dificultades por querer llevar esta nueva vida vegana, me acuerdo de esa niña que fui, y pienso en mis hijos, pienso en la clase de personas que quiero que sean, y me siento con fuerzas renovadas, porque me siento orgullosa de enseñarles que toda vida importa, que el sufrimiento y el dolor no entiende de especies, como tampoco las ganas de vivir y sentir todas las maravillas que este mundo nos ofrece.

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